Luna Nueva: Los géneros en lucha

Por: Lucía Dinorah Bañuelos

No soy feminista y no tengo nada contra ese movimiento social que reivindica los derechos de las mujeres, lo respeto; pero últimamente me he sentido agredida ante comentarios, preguntas y presuposiciones que siento me anulan como madre, jefa y sostén de mi familia.

Mi hija está próxima a contraer matrimonio y desde que se empezó a hablar del tema empezaron las preguntas ¿y a quién se la van a pedir? ¿A tu papá (abuelo de mi hija) o a su hermano mayor? ¿Quién la entregará en el altar? ¿Quién te acompañará? Y un largo etcétera.

En estos tiempos de modernidad, los hijos ya no suelen ni necesitan casarse “como Dios manda”, según la usanza antigua. Me siento afortunada de que mi hija haya decidido hacerlo y darme mi lugar como su madre y cabeza de mi familia en este relevante acontecimiento. Lo que no entiendo es la extrañeza que causa en los demás que sea una mujer la que responda por otra mujer, la que bendiga la unión y quien la entregue a su futuro esposo ante el altar.

No me considero de piel delgada, de esas personas que todo les ofende, creo que soy tolerante, pero me incomoda mucho que a fuerza los demás insinúen siquiera que para ser responsable, moral y con autoridad una debe tener, por regla, a un hombre “que la respalde”.

En México hay cada vez más hogares en los que una mujer es la jefa de familia; aumentaron a 28.5% en 2017, mientras que en 2014 la proporción era de 27.2% de acuerdo con la Encuesta Nacional de los Hogares del INEGI.

En 2015, en Zacatecas, de cada 100 hogares, 24 tenían una mujer al frente.

Las circunstancias son muchas: quienes por decisión propia tienen hijos sin necesidad de tener un hombre a su lado, viudez, divorcios, migración…

En contraste, muchas de esas personas defienden el llamado lenguaje inclusivo, que personalmente no me gusta, pues desde mi punto de vista deforma la correcta expresión y es como “una puñalada” más al de por sí deteriorado y cada vez más devastado idioma castellano. 

De por sí, en general las nuevas generaciones manejan un muy pobre lenguaje oral (por la poca cantidad de palabras que conocen y usan), seguida de una deplorable ortografía alimentada por la escritura rápida, propia de redes sociales que reemplazan palabras por símbolos fonéticamente equivalentes y se cambian palabras por letras que suenen igual.

Lo más escandaloso es que conozco profesionistas que sin pudor usan este tipo de escritura en detrimento de su formación académica y como un insulto a sus profesores de instrucción primaria que fueron los que nos enseñaron a escribir correctamente, con buena ortografía y buena gramática y sintaxis.

Tal vez me vean como una purista, pero me parece exagerado y ridículo eso de escribir “todes” o “todxs” para incluir a hombres y mujeres en una oración (sujeto, verbo, predicado), cuando perfectamente se entiende que por gramática, al decir o escribir “todos” se incluye tanto al género femenino como al masculino, y si quisiéramos excluir a los hombres bastaría con decir “todas”.

Creo que esa moda impuesta por políticos, asociaciones gubernamentales o civiles para hacer política no es la solución para hacer valer los principios de igualdad entre hombres y mujeres, se necesita mucho más que eso. Yo misma estoy de acuerdo y defiendo esa igualdad, con sus respectivas particularidades para cada género.

Por ejemplo, a qué mujer no le gusta que la traten con delicadeza y si al mismo tiempo la respetan como ser humano, resulta más que agradable; así como un hombre no pierde su virilidad al darle su lugar a la mujer.

En fin, mientras entendamos que hombres y mujeres tenemos las mismas capacidades para desarrollarnos y tener autoridad dentro del hogar y en el ámbito laboral de cualquier tipo, también debemos entender que la gramática no tiene sexo, no es excluyente ni incluyente, decir “la ingeniera” o “la ingeniero” no hace la diferencia, lo que haría la diferencia es que a la profesionista le pagaran lo mismo que a su colega con la misma profesión y la misma experiencia en el mismo trabajo.

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