Dejarse morir

Cuando todo esto termine (si es que termina algún día), volveremos a salir a las calles, intentando rehacer nuestra vida cotidiana antes de la pandemia por el COVID-19. Y si nuestra memoria aún es buena, veremos que ahí donde había un negocio hoy las puertas permanecen cerradas, la cortinilla echada abajo, quizás un letrero de “Se renta” y más indicios de que este virus no solo nos arrebató a amigos y familiares a quienes no pudimos llorar en su lecho de muerte y mucho menos despedir en “cristiana sepultura”.

Resistir a la indecisión de los tres niveles de gobierno, ninguno de los cuales ha querido asumir el costo político de esta pandemia, ha obligado a adaptarse a cada nuevo anuncio semanal: suspensión de actividades no esenciales, reactivación de actividades no esenciales, restricción de actividades no esenciales, la pretendida reducción en la movilidad con el “Hoy No Circula” o el cierre de calles y avenidas, el trabajo a distancia sin regulación de horarios ni cargas de trabajo (esta pandemia ha sido oro molido para quienes buscaban cómo justificar la explotación laboral), la fallida Ley Seca (no importa cuántas veces la impulsen), el cierre de espacios públicos, la obligatoriedad del uso del cubrebocas y demás medidas que a muchos pasan de noche…

Han pasado los meses y los gobiernos parece que no han entendido su propia dinámica laboral ni de las actividades económicas en el estado, donde la informalidad sigue ganando terreno frente a las restricciones impuestas al sector formal, ese que paga impuestos y al que pocos estímulos o apoyos han otorgado durante esta contingencia sanitaria.

Ojalá todo fuera tan fácil como esas campañas virtuales para consumir local, sobre todo ahora que ha pasado el Buen Fin, pero fueron campañas que quedaron en la virtualidad y en poco ayudaron a que los negocios que aún se mantienen sigan adelante. Ahora es cada vez más frecuente escuchar comentarios de que cerró tal o cual negocio, que ya hay nueva vacante en tal otro negocio (porque fulanito o sutanita fallecieron por COVID-19), y a pesar del nuevo sistema de Justicia Laboral, los salarios cada vez se reducen más, incrementando la proporción de quienes buscan un ingreso adicional para compensar sus gastos o quienes laboran más de una jornada extra ante la difícil situación que se vive.

Ojalá todo fuera tan fácil como “dejarse morir”, cerrar los negocios o renunciar a un empleo y vivir de los programas sociales que ha privilegiado la federación en su política económica y social. Pero no hay programa que alcance a abarcar tanta necesidad, mucho menos cuando se presume opacidad en el manejo de recursos y no se transparenta su aplicación, o cuando nos quieren vender la idea de que habrá progreso para todo el país, pero los recursos se concentran en otros proyectos prioritarios para ciertas zonas (y además bajo ciertas condiciones) y no de manera generalizada.

Nos han dicho que la corrupción es el gran cáncer de este país y que es menester combatirlo para que haya justicia, igualdad y desarrollo, pero no se combate la corrupción institucional, mucho menos como fenómeno cultural, y las viejas prácticas continúan en todos los niveles afectando a todos los sectores de nuestra sociedad.

Y sin embargo ahí viene el periodo electoral 2020-2021 y desde ya estamos viendo publicidad en nuestras redes sociales donde tal o cual aspirantes andan repartiendo despensas, o dijeron tal cosa, o aseguran esto otro y juran que son los meros buenos para conducir los destinos de un estado que vive estancado en sus índices de competitividad para dinamizar (e incluso reactivar) su economía.

Todos juran tener una fórmula mágica para Zacatecas, pero pocos (muy pocos) se habrán enfrentado a estas carencias que cada vez son más comunes entre los zacatecanos. Hablar de “hambre” cuando nunca han sabido lo que es el hambre, que falte el pan a la mesa, es tan hipócrita como afirmar que un color, un partido o un movimiento van a sacarnos de esta circunstancia que vivimos como zacatecanos.

Porque en cada cambio de gobierno pretenden descubrir el “hilo negro” y partir de cero con un nuevo plan de desarrollo (del nivel que sea), sin detenerse a evaluar las cosas positivas o negativas que dejó su antecesor a fin de fortalecer lo que puede mejorarse y desaparecer lo que debe eliminarse. Evidentemente no. Hasta en el ejercicio del gobierno se perpetúan prácticas patriarcales donde se busca imprimir la huella propia, tal como una manada de leones donde el nuevo líder asesina a los cachorros del líder anterior para que las leonas entren en celo nuevamente y así engendrar una descendencia con sello propio.

¿Cuántas veces hemos escuchado que Zacatecas es potencia agroalimentaria, ganadera, minera o manufacturera?, ¿cuántas veces nos han presentado proyectos reciclados que se hacen pasar como “la solución” a los problemas de rezago económico en Zacatecas?, ¿cuántas de estas propuestas han fructificado con el paso de los años? Hasta una simple plaza de maestro es botín político, ¿de verdad los políticos de hoy van a impulsar el desarrollo de Zacatecas?

Porque incluso la Inversión Extranjera Directa (IED) tuvo caídas este año y mucha falta ha hecho invertir en infraestructura para generar las condiciones necesarias que permitan a Zacatecas estar en mejores niveles de competitividad, que contribuya a la atracción de inversiones, a la apertura de empresas, a la generación de empleos cuya competitividad empresarial se traduzca en mejores condiciones laborales y salariales.

Y esto no mejora cuando se trata del gobierno federal, porque ni Chiapas ni Chihuahua son Zacatecas. Cada estado tiene su propia dinámica y el gran error es generalizar las prioridades de cada entidad, pero como la estadística no genera votos, tal vez por eso le redujeron su presupuesto al Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) a la mitad, pues tal parece que los datos que emite cada año solo son de utilidad para legitimar aspiraciones políticas, pero no para la planificación de soluciones reales a lo que necesitamos como sociedad.

¿Para qué esforzarse en estudiar tantos años? Una licenciatura, maestría o doctorado (o incluso un posdoctorado) no son garantía de un mejor porvenir. La preparación se desprecia a tal grado que se erogan millonarias cantidades en becas, pero no se promueve la ampliación de la oferta laboral, especialmente para profesionistas, y la poca disponible solo perpetúa la precariedad laboral, acentuada aún más durante esta pandemia y con efectos más graves si se trata de las mujeres.

Porque el COVID-19 ha hecho mella en muchos aspectos de nuestras vidas. Pensemos, por ejemplo, en el nuevo modelo educativo a distancia. Tal vez fue la solución “menos complicada” para que los menores continuaran con sus estudios, y sin embargo, cada familia debió tomar decisiones: ¿quién tuvo que dejar su trabajo para acompañar a sus hijos en este modelo educativo? Y más difícil aún para quienes son madres solteras (hablamos de una de cada cuatro familias en Zacatecas). ¿Cómo garantizar el sustento diario sin descuidar la educación de sus hijos?

Mientras no exista una ruta clara, sustentada y legítima, con el respaldo de la gente, difícilmente las políticas públicas incidirán en nuestro desarrollo integral y mientras sigan avanzando los días, las semanas, los meses hasta que por fin veamos la luz en medio de esta pandemia, seguiremos viendo casos de negocios (y personas) que se “dejan morir” porque no han encontrado respuestas a lo que necesitan para sobrevivir.

A veces hasta resulta incongruente cerrar plazas públicas durante esta contingencia sanitaria, pero mantener los servicios en Ciudad Administrativa, sin los filtros requeridos ni la ventilación adecuada para evitar más contagios. Una buena práctica sería que el gobierno “ocupara” las plazas públicas para continuar trabajando y no condenar a los trabajadores (y la ciudadanía que demanda servicios) a nuevos contagios en espacios cerrados y sin las condiciones mínimas exigidas por la autoridad sanitaria.

Finalmente seguiremos a expensas de las decisiones que asuman (o no) los tres niveles de gobierno, decisiones en las que mucho pesará el costo político de las acciones a emprender (o las no emprendidas) para hacer frente a la pandemia. Y mientras tanto, seguirán los negocios (y las personas) que se “dejan morir” porque han llegado a sus límites no ven fin a esta tragedia. Vivir así, bajo estas condiciones, es un privilegio que muy pocos pueden gozar. ¿De verdad se están abatiendo las brechas de desigualdad o estas se agudizaron durante la pandemia, sin importar el color, partido o movimiento en el gobierno?

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