
Por fin terminó la Glosa con motivo del Cuarto Informe de Gobierno. La tortura pudo ser mayor, de no ser porque se excluyó a varios titulares de dependencias y organismos públicos descentralizados de comparecer ante la 65 Legislatura, pese a sus millonarios presupuestos y evidentes irregularidades en su ejecución.
Para cerrar el ciclo de eso que llaman «rendición de cuentas», compareció ante el Pleno legislativo el secretario de Salud de Zacatecas, Uswaldo Pinedo Barrios, en lo que fue quizá la comparecencia más larga y más tediosa (por repetitiva y vana en sus cuestionamientos) de toda la Glosa.
De antemano ya se sabía que el convenio firmado con el IMSS-Bienestar eximiría al secretario de las deficiencias que enfrenta el sistema de salud en Zacatecas, y de lo poco que sí podía responder, tampoco es que fuera muy convicente en sus resultados.

La comparecencia bien se puede resumir en lo siguiente: está en proceso la transferencia de infraestructura y personal al IMSS-Bienestar (así como la obligación del abasto de medicamentos, insumos y equipo médico); se le dio una chaineada a algunas unidades médicas (mientras se transfieren al IMSS-Bienestar), se entregaron apoyos funcionales y unas 50 ambulancias (según denuncias, ya muy traqueteadas y con la sospecha de duplicidad de folios con el Secretariado Ejecutivo del Sistema Estatal de Seguridad Pública).
También se dio particular atención a enfermedades crónico degenerativas (o eso dicen), sobre todo en el caso del cáncer, además de atender 193 casos de interrupción legal del embarazo (pese a que la reforma a la Ley de Salud apenas se publicó en días pasados); se avanzó en esquemas de vacunación, sobre todo en población infantil; y se impartieron talleres, capacitaciones y certificaciones.
Por lo demás, prevaleció la reiterada lástima de que el Poder Legislativo del Estado de Zacatecas no tuviera la facultad para llamar a comparecer al responsable del IMSS-Bienestar en el estado, Carlos Hernández Magallanes, o «Doctor Pollo«, ante tantas y tantas fallas en el sistema de salud que ahora está en sus manos.
Con la presencia de 27 de 30 diputados y diputadas, así concluyó la Glosa del Cuarto Informe de Gobierno en un ejercicio muy alejado de la rendición de cuentas, más cercano a la propaganda proselitista, cargado de maniqueísmos ideológicos y muy poca sustancia en lo que compete a la función pública y una representación de Estado.
A lo largo de 16 comparecencias (de las cuales cinco fueron en comisiones y no ante el Pleno), la mayoría de las y los comparecientes (hubo pocas excepciones) incumplió con el artículo 59 constitucional para rendir cuentas (es un decir) sobre el último año de gobierno, pues se concentraron en el maquillaje de cifras a cuatro años de administración.
La situación no fue muy diferente para el Poder Legislativo, pues la mayoría de las y los diputados locales (también, con contadas excepciones) se olvidó de sus facultades constitucionales relativas a la legislación sobre el marco normativo y la aprobación de presupuestos, y rara vez se cuestionó qué hizo el Ejecutivo con el presupuesto que le fue aprobado por el Legislativo.
¿Por qué era importante? Porque de esa manera, una vez que la secretaria de Finanzas, Ruth Angélica Contreras, presente el proyecto de Paquete Económico 2026 nuestros diputados y diputadas tendrían mejores elementos para determinar qué presupuesto se asigna a cada dependencia, a cada proyecto, programa, acción y actividad, fundamentando su decisión en los resultados que dieron en el año previo. ¿O no es eso un presupuesto basado en resultados?
Ante la verborrea de la Glosa del Cuarto Informe de Gobierno, no sería de sorprender que el Paquete Económico 2026 se aprobara en sus términos originales, tal vez con una única excepción: un incremento presupuestal al Poder Legislativo por portarse muy bien durante las comparecencias.
Pero vivir la Glosa en el recinto legislativo es una experiencia cómico-mágico-musical que no necesariamente apareció en las transmisiones de las comparecencias y mucho menos en los comunicados de prensa.
Esta Glosa nos dejó momentos tensos cuando buena parte del Pleno exigió respeto a la presidenta de la Mesa Directiva, la diputada Karla Rivera, por la tosquedad con la que condujo las sesiones y la brusquedad con la que instruyía cerrar el micrófono a quiene estaban en el uso de la voz cuando concluía el tiempo de sus intervenciones, incluyendo a las y los comparecientes.
Si bien no eran las formas, no hay que olvidar que el formato de la Glosa fue aprobado con anterioridad en la Junta de Coordinación Política (JUCOPO) y que nuestros legisladores y legisladoras poco hicieron para optimizar los 3 minutos a los que tenían derecho para hacer sus cuestionamientos.
Tampoco es que todas las intervenciones tuvieran sustancia, pues en la mayoría de los casos se trataba más de demagogia y proselitismo maniqueo, reservando apenas unos segundos para hacer sus cuestionamientos. Además, algunos y algunas no eran conscientes de que eso de gritar no necesariamente significa mayor agudeza en las intervenciones o una mejor oratoria, mucho menos cuando se trataba de subjetividades sin fundamento.
En el fondo, buena parte de las intervenciones iban más encaminadas al lucimiento personal que generara reacciones en redes sociales (algo sintomático de una generación que vive del estímulo virtual), mucho más que respetar y acatar las funciones constitucionales como legisladores y legisladoras y cuestionar en consecuencia a las y los comparecientes.
Tras bambalinas, lo notable fue que el personal que acompañaba a las y los comparecientes invadió los espacios de trabajo del personal legislativo (ya ni siquiera decimos la Sala de Prensa, diariamente coptada para obstaculizar el trabajo periodístico), aunque en algunos casos llegaron hasta usurpar las funciones de la presidenta de la Mesa Directiva para impedir el acceso a la ciudadanía que buscaba acceder al recinto legislativo durante las comparecencias (como fue el caso de Arturo Medina Mayoral). Y nadie hizo algo al respecto.
El episodio quizá más ofensivo fue cuando la secretaria de las Mujeres, Karla Oropeza, pretendía obligar al Poder Legislativo a que su comparecencia se realizara en la explanada del Congreso debido a que llevaría unas 500 personas invitadas para aplaudirle… perdón, para escuchar su rendición de cuentas y los excelentes resultados de la dependencia. En respuesta, la enviaron al quinto piso del recinto legislativo, donde únicamente accedieron las y los diputados, más escaso personal de apoyo. Para que aprenda a respetar.
Y aunque la impuntualidad ha sido lo más característico en el desempeño legislativo, fue más notable en las comparecencias de los titulares de la Secretaría de Seguridad Pública (con visos de no querer reunir quórum para dar por satisfecha la comparecencia); de la Secretaría del Agua y Medio Ambiente (la más desairada por las y los legisladores); de la Secretaría de Salud de Zacatecas; y de la Secretaría del Zacatecano Migrante.
No podía faltar la mala práctica del acarreo en algunas comparecencias (no en todas, aunque fueron contadas las excepciones), a veces con todo y el reparto de lonches y hasta pancartas (todas con la misma caligrafía), o aplaudidores que acudieron a varias comparecencias, con la promesa de que obtendrían una base o algún apoyo de la «nueva gobernanza» (como constatamos varios medios de comunicación).
Tal vez lo más interesante ocurrió entre líneas: en medio de la instrucción que había girado el gobernador David Monreal (y hasta un tal «Zuñi«) para apoyar con todo a la senadora Verónica Díaz (recordemos que esa instrucción venía desde septiembre, mucho antes de la Glosa, como lo advertimos en este espacio, y no hace apenas unos días), la palabra más recurrente en el discurso de algunos y algunas comparecientes fue «futuro«. Usted saque sus conclusiones al revisar quiénes la utilizaron en sus mensajes y bajo qué expresión.
Mientras tanto, en caridad de Dios concluyó la Glosa del Cuarto Informe de Gobierno. Y que Dios también nos agarre confesados con el proyecto de Paquete Económico que será presentado el 30 de noviembre.


