¿Nos engañaron?

Como pólvora corrió la noticia (en algunos casos muy alarmista) de que este martes habría cortes en el suministro de energía eléctrica en la zona norte del país, entre las 6 de la tarde y las 11 de la noche, y muy pronto se dispararon las reacciones de pánico porque muchas actividades se realizan en este horario.

En algunos casos, la gente pudo programarse para acelerarle al ritmo de trabajo (así como las sesiones de la Legislatura durante el mes de diciembre) y con suerte, adelantar lo más que se pudiera por si acaso se prolongaban los apagones que se han venido registrado en otras zonas del país desde días pasados.

Otros más paniqueados corrieron a las tienditas, al súper, a las farmacias, al Oxxo, al primer lugar donde encontraran veladoras y rápido volvían a sus casas para seguir cargando la batería de las computadoras y los celulares, e incluso para desconectar los aparatos eléctricos y así evitar que se descompusieran por las altas y bajas en el flujo de energía.

No es que haya sido mi caso, o tal vez sí. Pero en medio de los vaivenes por la noticia de los cortes en el suministro de energía eléctrica, me puse a recordar qué hacía en años anteriores cuando también teníamos apagones que se prolongaban por varios minutos e incluso horas.

La verdad es que no hubo un recuerdo específico, pero sí algo instintivo en el hecho de asegurarme si tenía cerillos, encendedor y alguna vela en casa, por si acaso se llegara a ofrecer. Claro que antes no nos avisaban con mucha oportunidad como ahora en medio de tanta tecnología.

Antes llegaba el apagón y uno se aguantaba, porque podía estar colgado del teléfono marcando a la Comisión Federal de Electricidad (CFE) y hasta nos poníamos de acuerdo con los vecinos para marcar en bola y reportar que no había luz. Al final no nos contestaban o nos daban el avión y atendían cuando se les daba la gana.

Quizás en aquellos tiempos no dependíamos tanto de contar con este servicio para nuestra vida cotidiana. Estábamos acostumbrados a realizar nuestras actividades durante el día y llegaba la noche y prendíamos la televisión para ver algún programa, la novela, un partido de futbol, las noticias y luego a dormir. O al menos esa era una rutina muy común para muchas familias, excepto para quienes debían laborar en estos horarios, como hasta ahora.

El problema en esta ocasión es que, a pesar del aviso oportuno sobre los apagones “de 15 a 30 minutos”, como dijo Rocío Nahle, secretaria de Energía, la pandemia del COVID-19 nos hizo depender aún más de numerosos aparatos que funcionan con energía eléctrica y como ya vamos para un año de “home office”, pues en muchos trabajos se les ha hecho fácil a los patrones abusar del tiempo de los empleados y creer que están disponibles 24/7.

¿Qué iba a pasar con las clases a distancia?, ¿cómo sacar la chamba sin un servicio básico?, ¿cuánto iban a perder los negocios por no estar en condiciones de abrir sus puertas?, ¿qué pasaría con los pacientes COVID-19 que permanecen hospitalizados y su vida depende de que los ventiladores se mantengan funcionando?

Y así nos podríamos seguir con una larga lista de preguntas (algunas en medio de la histeria) según las preocupaciones de nuestro entorno inmediato. Pero nos engañaron. Si acaso se registraron algunas intermitencias en el servicio (con el susto de que también se caía la señal de la telefonía celular) y al cabo de unos minutos regresaba.

No faltaron los enojados con el presidente Andrés Manuel López Obrador por las fallas en el servicio, muchos hasta politizando el tema, como si dependiera completamente de él. Pero es que cuando en un hogar falta un servicio, más o menos nos damos una idea de a quién corresponde reclamarle, por ser su obligación brindarlo.

Pasa cuando se va la luz en los hogares y reclamamos a la CFE. Si falla el alumbrado público, la queja es contra el presidente municipal en turno. Si no hay agua, la queja es contra la JIAPAZ (o el organismo de agua potable del lugar donde vivamos). Si no pasa la basura, el municipio es el responsable. Si falla el internet, la culpa es de la empresa que contratamos. Y así.

Pero de pronto nos topamos con que entraron a robar la casa del vecino, o que asaltaron a la compañera de trabajo, o que fulanita recibió una llamada de extorsión, o que el hijo de sutanito fue privado de la libertad, o que perenganita falleció en un fuego cruzado.

¿Sabemos a quién reclamar?, ¿o nos vienen a la mente todas las corporaciones parejitas y a todas les echamos la culpa? Y a veces hasta le toca la pedrada al Poder Judicial o a la fiscalía, cuando su función en materia de seguridad y justicia es otra.

No es secreto que desde hace algunos años la incidencia delictiva (sobre todo de los delitos de alto impacto) va en aumento y que cada nivel de gobierno traía su estrategia (aunque en algunos casos parecían gallinas descabezadas). Al final, nos engañaron a todos, o el problema nos rebasa a todos. ¿De quién ha sido la culpa?, ¿a quién reclamamos?

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