Las nuevas disposiciones que vienen desde el centro, de los grandes mandos del gobierno de la 4T, es la prohibición de la comida chatarra en las instituciones públicas de educación básica.
La idea no es mala, pero casi estoy segura que fue ideada por burócratas desde atrás del escritorio, servidores públicos o funcionarios de esa clase rara que resuelve el mundo en el papel o –si de modernidades se trata– en un monitor, sin conocer de cerca la realidad.
No es que esté de acuerdo en que niños y jóvenes consuman al por mayor comida escasa de nutrientes, que engordan y provocan obesidad y con esta las tan temidas diabetes mellitus tipo II, enfermedades del corazón, las dentales o las renales, por mencionar algunas.
Las cifras realmente son preocupantes, de acuerdo con la mismísima página del Gobierno de México, en el país la obesidad y el sobrepeso son un problema de salud pública grave, con más del 70% de los adultos y alrededor del 35% de los niños y adolescentes afectados.
México ocupa el primer lugar mundial en obesidad infantil y el segundo en obesidad en adultos. Situación que no sólo es provocada por la mala alimentación, sino también por las nuevas formas de entretenimiento que mantienen inactivos a niños y jóvenes.
Pero, ¿de verdad esperan que por decreto los mexicanos aprenderemos a comer bien? Nuestros gobernantes pasan por alto algunos detalles para alcanzar su ambiciosa meta.
Para empezar, para comer saludablemente se requiere algo más que sólo voluntad o un mandato oficial; casi por cultura, la mayoría de los mexicanos disfrutamos paladeando exquisitas fritangas como los sopes, tacos dorados, flautas, tamales y una lista casi sin fin acompañada por un refresco bien frío.
Por otro lado –y según yo– está la devastadora realidad: el poco presupuesto que dispone el mexicano promedio para cocinar que aplasta, por mucho, a la tradición, desinformación o apatía para cambiar patrones.
De acuerdo con información oficial, es decir, según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE), el 47% de los trabajadores en México ganan un salario mínimo; ¡sí casi la mitad de los mexicanos ganan 278.80 pesos al día!, y eso debe alcanzar para satisfacer las necesidades básicas y más.
La misma encuesta da cuenta de que el 36% de los trabajadores reciben entre uno y dos salarios mínimos y sólo poco menos del 1% recibe más de cinco salarios mínimos al mes.
Con estos datos me queda más que claro por qué las amas de casa van tras los productos más baratos en el mercado, en el super o en la calle, o… no me diga que nunca ha visto que al esperar turno en la fila para pedir carnes frías o queso, la señora que le precede –o usted mismo–, pide del más económico, que por supuesto, dista mucho de ser de la mejor calidad.
Lo mismo aplica en el mercado o el tianguis, se compra lo más que se pude para estirar el precario presupuesto y claro, y si alcanza a comprar un kilo de limones para hacer un agua fresca, que además necesita azúcar, demanda tiempo para hacerla, cuando en casa, para tener un poco de liquidez es necesario que trabajen madre y padre, para que el dinero alcance no sólo para la comida, sino para la renta, la luz, agua, internet, transporte, vestido, calzado, salud y educación.
El poco tiempo para elaborar alimentos caseros, ya no digamos nutritivos, cierra el círculo vicioso, pues se trabaja mucho dando paso a comida rápida a las mesas.
No es mala idea poner manos en el asunto buscando soluciones para erradicar, en este caso, un problema grave de salud pública, pero creo que el tema es más profundo que sólo prohibir la comida chatarra, se trata de robustecer de origen la economía familiar para no escatimar en productos nutritivos y de excelente calidad, enseñar a quienes cocinan cómo hacerlo para ofrecer a sus comensales alimentos saludables y promover la actividad física.
Además, no se debe perder de vista que todos, sí, todos los productos que se venden, son autorizados desde origen por el mismo gobierno que ahora se escandaliza de que la población consuma.
No pretendo menospreciar las deliciosas fritangas ni generalizar los malos hábitos alimenticios ni asegurar que somos un pueblo perezoso, porque hay compatriotas que son excelentes atletas y que cuidan su alimentación a base de trabajo y disciplina.
Lo cierto es que no todos gozamos del salario de ese 1% de la población que puede darse ciertas libertades como no regatear, comprar ingredientes de excelente calidad y pagar el gimnasio o alguna actividad física, porque aunque ha aumentado el salario mínimo, también es cierto que los precios de todos los productos y servicios también han aumentado y en el mercado, sea tianguis o super, siguen vendiéndose deliciosos embutidos, frituras y refrescos.
