Este martes en casa de unos entrañables amigos lloran el fallecimiento de su madre; mi vecina está feliz porque al fin pudo remodelar, dar mantenimiento y poner bonita su casa; una antigua compañera de trabajo está preocupada porque le cancelaron la tarjeta de crédito de una tienda departamental porque por falta de liquidez dejó de abonar a su adeudo; mis tíos maternos están preocupados porque uno de ellos tiene un grave afección en la columna vertebral y la intervención, además de delicada, es muy costosa; una compañera de mi hijo menor organiza, muy emocionada, su fiesta de 15 años; un amigo cercano está preocupado porque no le han pagado una serie de trabajos que entregó y de ello depende la operación completa de su pequeña empresa; mi hija está preocupada porque su pequeña hija tiene problemas estomacales; tres amigos cercanos viven afligidos, con dolor y desesperanza porque desaparecieron sus hijos; en mi colonia la principal preocupación es que todos los colonos paguen la cuota de seguridad; una tía está planeando un viaje desde Estados Unidos a Zacatecas para reunirse con sus compañeros de generación; una compañera de mis tiempos de Técnico Docente está feliz porque está próxima a jubilarse y otro amigo está deprimido y con ansiedad porque está desempleado…
Ninguna de las preocupaciones o alegrías, vistas desde la propia particularidad y desde la intimidad de cada realidad, es menor que otra. Todas, en su respectiva realidad, son importantes para cada persona.
Es el momento en que se están viviendo dichas experiencias, lo que las hace tan importantes para cada individuo, sea una buena experiencia o no.
¿Qué tienen en común todas estas situaciones? Son varias cosas desde mi punto de vista, pero sólo mencionaré que en cada una está puesta la atención de cada protagonista y por lo tanto no le importa el contexto político local o nacional ni las luchas sociales ni nada que no sea su realidad personal.
Esa es la vida real que vivimos todos. Cada quien su realidad, cada quien sus alegrías o sus aflicciones, aunque a los ojos ajenos pueden parecer grandes o pequeñas.
Ninguno de mis amigos se detiene a criticar, aplaudir o proponer en la vida política o social del país, vaya, ni siquiera de dónde viven.
Mientras, en el país hay grandes movimientos sociales y políticos como no recuerdo haya habido al menos en la historia reciente. Cierto, siempre hay una parte de la población que apoya al gobierno en turno y otra a la que nada le parece bien, eso siempre ha sido así y seguirá siendo, pero los últimos meses se ha hecho evidente un descontento generalizado que ya se nota, porque ya no sólo es discurso, amenaza o proyección: la gente está saliendo a la calle a gritar su descontento.
Cientos de personas han dejado “pausadas” sus alegrías o aflicciones para ir a protestar a Ciudad de México: trabajadores de la educación salieron a exigir que se cumpla una promesa de campaña de la presidenta Claudia Sheinbaum: la derogación de la Ley del ISSSTE 2007; al mar de gente se suman los colectivos de buscadores que no encuentran ni a sus familiares ni respuesta en las instituciones.
El gremio de transportistas también salió a protestar porque son blanco de extorsiones del crimen organizado y de quienes se supone deben protegerlos; de igual forma organizaciones campesinas salieron a las calles porque se dicen olvidadas del gobierno porque no existen apoyos reales y denuncian que también son presas de extorsiones y amenazas.
Y como si no fuera suficiente, la ciudadanía también se ha organizado sin pertenecer a un gremio en específico para protestar por la carencia de medicamentos a pesar de las promesas de suministro eficiente y oportuno.
La respuesta no fue la que esperaban. Al menos no los maestros, quienes se toparon con una muralla humana de policías y bloques para impedir su tránsito a pesar del discurso mañanero de que el gobierno está abierto al diálogo.
También los demás se topan con un muralla de indolencia y desatención que no resuelve nada para ninguna de las dos partes.
Lo que ocurre a mis amigos es importante para ellos, pero –sin restarle importancia a nada– son alegrías o preocupaciones de uno o dos, no basta para hacer un movimiento masivo, lo que contrasta con la problemática de maestros, transportistas, campesinos, buscadores o gente que demanda abasto de medicamentos.
El solo hecho de que se organice un movimiento que llama la atención de los propios afectados y del país entero, debería ser causa de poner “manos a la obra” desde el gobierno, pero, a pesar del discurso oficial, la realidad muestra un preocupante desinterés por atender institucionalmente al pueblo, ese que dicen gobierna México.

