Sin garantías

El pasado domingo 4 de octubre se perfiló como un inminente ocaso para la izquierda latinoamericana. Aunque el ultraderechista Flávio Bolsonaro y el izquierdista Luiz Inácio Lula da Silva se irán a segunda vuelta en busca de la presidencia de Brasil, no parece que los resultados vayan a cambiar la tendencia.

Que hubo intervención gringa durante el proceso electoral, es innegable. Muchos son los intereses de por medio, pero principalmente la explotación de recursos naturales y la propiedad de la tierra en favor de los grandes capitales gringos. Sin embargo, no ha sido el único factor, ni Brasil ha sido el único caso.

Lo que ocurre en Argentina o Colombia (por poner dos ejemplos) confirman lo que desde hace mucho se advertía con esta intervención de Estados Unidos en Latinoamérica para el avance de la ultraderecha, pero nadie experimenta en cabeza ajena.

Y no, no es que el electorado sea ingrato con lo que le ofreció la izquierda. No, tampoco es que ese mismo electorado sea ignorante. No, mucho menos se trata de una batalla religiosa (recordemos que Lula da Silva, en esta elección, incluso se reunió con los principales líderes religiosos en Brasil para persuadir a un voto cautivo; pragmatismo político, le llaman). Se trata de factores que influyeron, sí, pero no determinantes en los resultados del domingo 4 de octubre.

En diversas ocasiones, en este y muchísimos otros espacios, se ha insistido en que la izquierda ha fallado en su autocrítica. No es que a la izquierda (particularmente la izquierda latinoamericana) se le exija más que a la derecha. Se le exige que no actúe como la derecha, una derecha que, ciertamente, no se ha redimido de sus graves errores del pasado, pero que en su cinismo da mayor certeza que la incongruencia de la izquierda entre el discurso y los hechos.

Con la derecha, el electorado ya sabe qué esperar. Con la izquierda, no se sabe a qué atenerse. Mucho menos cuando, subidos a un ladrillo (o un adobe que se desmorona a la primera lluvia), hacen oídos sordos a los reclamos de la población, sobre todo cuando montados en un discurso de izquierda, en los hechos actúan como la derecha.

México debería verse reflejado en el espejo que ha ofrecido Latinoamérica en los últimos cinco años. Porque eso que han denominado «defensa de la soberanía» frente a los intentos de intervención gringa no abarcan los reclamos de las y los mexicanos: atención de fondo a la inseguridad, combate a los grupos criminales y su colusión con los gobiernos, cero impunidad (incluyendo a los propios), poner los ojos en el grave problema de personas desaparecidas en todo el país, que de verdad haya certeza jurídica frente a la especulación inmobiliaria, que su idea de progreso no esté por encima de la protección al medio ambiente o el sacrificio de recursos naturales, y que el asistencialismo de los programas sociales no esté condicionado a un limitado desarrollo económico y social.

Si hablamos de un sistema de partidos, al menos en MORENA se exigiría congruencia entre lo que dicen sus estatutos y lo que muestran sus acciones con el último proceso interno de selección de coordinaciones de nombres rimbombantes.

La designación de Andrea Chávez como coordinadora municipal en Ciudad Juárez, luego de no haber sido seleccionada como coordinadora estatal en Chihuahua, rompe con su regla de elegir sus cargos por el método de convocatoria y encuesta. Y esta decisión no distingue mucho a la izquierda de las prácticas cupulares de la derecha.

Sin embargo, la designación de Andrea Chávez y el accidentado proceso para la designación de sus 17 coordinaciones estatales dejan ya un precedente que no se puede minimizar: ni siquiera en MORENA hay garantías de que impulsarán a sus mejores perfiles, sobre todo cuando las autoridades partidistas responsables de sus procesos internos dan muestra de que al final todo se trata de decisiones cupulares. Igualito que con los partidos de la derecha.

Hoy sabemos que, en el caso de Zacatecas, tanto Bennelly Hernández como Maricarmen Salinas se han separado de sus respectivos cargos al frente de la Secretaría de Desarrollo Social (SEDESOL) y la Secretaría de Administración (SAD) a fin de registrarse en la convocatoria (que cerró también el pasado 4 de octubre) para la designación de coordinaciones distritales de nombre rimbombante, pero que equivalen a una eventual postulación a una diputación federal.

Pero el antecedente de Andrea Chávez, y de otros tantos perfiles, sugiere que ambas zacatecanas no tendrán garantías de imparcialidad y de que efectivamente se aplicarán los estatutos de MORENA, mucho menos de que se respeten las reglas de la convoctoria. Y lo mismo aplicará, eventualmente, para las convocatorias a distritos locales y municipios.

Qué curioso que el partido que se precia del proceso interno más transparente y democrático en la historia no haya transparentado en su momento el listado completo de registros de aspirantes en la convocatoria para las coordinaciones estatales (recordemos que se omitieron los registros vía electrónica) y hoy, a tres días de cerrado el registro, se sigue omitiendo la publicación del listado de registros para las coordinaciones distritales federales. Ya eso de transparentar las encuestas, eso ya es avaricia.

Así pues, la falta de autocrítica, más los ejemplos recientes en Latinoamérica sobre el avance de la derecha, deberían ser signo de advertencia para la 4T, particularmente para MORENA. Y no es como que a las y los mexicanos nos vaya a ir mejor con la derecha, pero a estas alturas ya no se distingue mucho la frontera con la izquierda, al menos en la práctica.

Finalmente, reiteramos tres preguntas fundamentales: ¿qué izquierda queremos?, ¿qué izquierda merecemos?, ¿qué izquierda tenemos?

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