Luna Nueva: Un mundo de silencio y el macho caballo

El 10 de julio pasado fue mi cumpleaños. Este año había decidido hacer un festejo como hacía años no hacía. Sin embargo, el 1 de julio recibí un diagnóstico demoledor para mí: estoy perdiendo la audición.

Al salir del consultorio sentí que todo el mundo a mi alrededor había desaparecido y que yo caminaba sin tocar el suelo; también desapareció todo sonido. De pronto estuve en una dimensión desconocida para mí en la que reinaba el silencio.

Vino a mí el recuerdo de mi abuelo materno, don Pablo, quien en el ocaso de su vida paulatinamente fue perdiendo la audición hasta sumergirse en un abismo solitario y… silencioso.

Mi vida se derrumbó en ese momento. La noticia me impactó más que cuando me diagnosticaron diabetes, y vaya que la diabetes es mala, más mala que “Telesa”…

Caí en una depresión tremenda. Llegó el día de mi cumpleaños. No hubo festejo y no paraba de llorar, casi como Libertad Lamarque por el marido infiel de las películas en blanco y negro o como Marga López por los hijos ingratos.

Fui arropada de inmediato por mi familia, siempre al pie del cañón para acompañar y apoyar en lo que haga falta a todos…

Y de pronto me cayó el 20. Ya no soy la joven mujer sana que creía que era. No me siento viejita, aunque ya soy abuela, pero nunca había juntado todos mis años ni todas mis enfermedades en una misma conversación conmigo misma y me di cuenta: Ya no soy joven.

No sé si a todos nos impactante igual descubrir que somos la suma de muchos años y que llevamos a cuestas una colección de enfermedades sin darnos cuenta porque las mencionamos por separado: el dolor de cabeza constante, el diente que tuvo que ser removido, la apendicitis que parecía estallar y que nos llevó a quirófano, los altibajos de glucosa, la presión arterial, los triglicéridos, el dolor de articulaciones o que no oímos bien…

México ya no es el país jóven que hace 30 o 40 años presumían los gobiernos en turno, ha venido envejeciendo junto conmigo o yo junto con México.

La edad mediana en México ha aumentado drásticamente al paso del tiempo; pasó de 17 años en 1970 a 22 años en el año 2000, y ha rebasado los 32 años en 2025 de acuerdo con los censos de población del INEGI que indican también que en 1970 la esperanza de vida era en promedio de 61 años y ha aumentado a 75.7 años para 2025.

Es decir, México atraviesa una transformación demográfica marcada por una menor fecundidad y una mayor esperanza de vida.

Según estimaciones de la Secretaría de Salud y del Instituto Nacional de Rehabilitación, del total de la población de México en 2025 (130 millones 911 mil 314 habitantes según la Encuesta Intercensal del INEGI), el 3%, es decir, 2.3 millones, tienen discapacidad auditiva.

Más de la mitad de esas personas tienen más de 60 años y cerca del 34% tiene entre 30 y 59 años y un 2% son niños; el 44% de las personas con discapacidad auditiva “la padecen” por su edad avanzada y el resto por enfermedades o causas de nacimiento.

Como verán, he pasado a ser parte de las estadísticas en más de una forma, ya lo asimilé, lo acepté y con ayuda de mi familia y grandes amistades lo he remediado hasta donde es posible –pero esa historia merece su propio espacio–.

Jamás imaginé que no oía bien, nunca lo noté aunque vi el proceso de mi abuelo que cuando tenía “sus orejas buenas” oía con mucha atención las aventuras de su querido amigo Don Juan Gallo.

Alguna de esas tardes, sentados en una banca de concreto que hizo bajo un frondoso mezquite, me contó cómo Don Juan, por alguna extraña razón, aunque oía perfectamente los ruidos de la naturaleza y de los animales, no la pasó tan bien…

“Ese día me contó una historia que o verás”, me dijo.

“Dizque le digo Pablito, dizque le digo… ni se imagina lo que me pasó el otro día que venía de la sierra.

“Me agarró la noche y me apié en el cerro porque además me agarró un tormentón. Apersogué mi macho caballo –lo amarró de una rama–. Me protegí como pude con la montura y las mangas –una especie de impermeable que usaban los jinetes de aquellos años– y esperé a que parara el agua.

“Estaba muy cansa’o y pos el sueño me venció. Desperté ya con la luna alta, de madrugada casi y todo amodorra’o, medio dormido ‘tavía y pos, como pude descolgué (desamarró) mi macho caballo, lo ensillé y que me monto y bajo la sierra en friega porque no quería que me agarrara otra vez el algua…

“Y que le cuento Pablito, sería por el agua o por lo resbaladizo del camino, pero mi macho caballo me hizo batallar muncho, muncho… pero llegué antes de amanecer a la casa, ‘tavia oscuro y me apié sin desensillar, ‘taba muy cansa’o”.

Mi abuelo lo oía atento dando pequeños sorbos a la canela que se enfriaba a veces de tan larga la conversación aunque en ocasiones se rellenaba el jarro dos o tres veces ante las fantásticas historias.

“Ya amaneciendo –continuó– le dije a la Poleca –su esposa– ‘búllele, quítale la montura a mi macho caballo, pa’ que descanse. Anoche traiba tanto cansancio y sueño que ya no desensillé’, y sí, la Poleca se encaminó al corral, pero volvió amarilla la mujer, pálida… mire Pablito, iba temblando y me dijo:

“‘Don Juan, ¿ps qué hizo? ¿Onde dejó su macho caballo?’, Pos en el corral, le dije, y que me dice, ‘no Don Juan, ahí en el corral está persoga’o un lion”.

“Ah… jijo, le dije y salí rapidito a ver y sí Pablito, ¿qué cree? Dizque le digo… que en la oscurid’á,con el cansancio y por las prisas, le jerré y en lugar de ensillar a mi macho caballo, que le tiro el lazo al lión que rondaba la región y pos que lo jineteo hasta la casa.

“Y yo pensando que mi macho caballo iba asusta’o con los truenos y rayos y por eso iba desatinando en el camino. No eché de ver que las pezuñas no rasguñan las piedras ni que mi macho caballo no salta tan alto pa’ brincar las cercas ni corre tan aprisa”.

No cabe duda que Don Juan Gallo no sólo tenía muy buen oído, sino que tenía una imaginación que hacía parecer todo tan real que mantenía la atención de todos los que oían sus historias sin siquiera cuestionar una sola palabra…

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