La obsolescencia programada es una estrategia controvertida en la cual se acorta deliberadamente la vida útil de los productos para fomentar su reemplazo frecuente. Sus inicios se dan aproximadamente en los años 20 del siglo pasado, en torno a ella han surgido debates y estudios sobre si es resultado de las demandas del consumidor por tecnología nueva o de estrategias empresariales para aumentar ventas. Un ejemplo es el celular iPhone 16 que está por salir.
Los antecedentes de la obsolescencia programada se remontan a los años 20, cuando el presidente de General Motors, Alfred P. Sloan, ideó una estrategia para competir con su rival, Ford, que tenia un modelo T, progresivamente renovado para que los nuevos clientes accedieran a una versión mejor.
Sloan quería que los ya propietarios de un automóvil GM lo cambiara por el último modelo cuando el anterior todavía funcionaba, sólo por sentir que el anterior había pasado de moda. Utilizando un término obsolescencia dinámica, quería que los consumidores vieran el coche como obsoleto frente a los nuevos modelos y lo reemplazaran incluso sin necesitarlo.
En 1932, Bernard London, un corredor inmobiliario, definió la obsolescencia de los bienes de consumo en el momento de su producción, llamando a esto obsolescencia programada, es decir, le ponían vida útil al producto.
Hoy, entre los consumidores ha permeado la idea de que las grandes multinacionales de tecnología han adoptado de forma generalizadas la estrategia de fabricar dispositivos de baja durabilidad para obligarnos a comprar nuevos modelos, como puede ser una computadora, celular, televisión, todo lo que es nueva tecnología.
Además, Sloan daba a entender que esta obsolescencia programada no sólo era el deseo de la industria de vender más, sino también el deseo del consumidor de poseer el último modelo. La profesora de Economía de Yale, Judith Chevalier, explicaba que las compañías reaccionan a los gustos de los consumidores y que esta obsolescencia no es un engaño de los fabricantes, sino que en ciertas situaciones la culpa es de los consumidores, que no valoran un producto más duradero, sino uno que posea la última tecnología.
Uno de los mitos en torno a la obsolescencia programada se refiere también a una bombilla, la Centennial Light, la famosa lámpara del parque de bomberos de Livermore – Pleasanton, en California, que lleva encendida desde 1901, casi ininterrumpidamente sin jamás fundirse, se ha convertido en un icono del movimiento en contra de la obsolescencia programada, y se dice que es la prueba de que es posible fabricar productos que duren toda la vida.
No obstante, este mito tiene sus peros: un estudio determinó que el filamento de carbono, en lugar del tungsteno que más tarde se generalizaría, es ocho veces más grueso de lo normal, por lo que es difícil que pueda fundirse.
Hoy en día muchos usuarios de teléfonos móviles observan que las actualizaciones de software puede volver lentos los dispositivos más antiguos, incentivando a la compra de nuevos modelos, y muchos dispositivos modernos están diseñados de manera que se dificulte o encarezca su reparación.
Por ejemplo, el uso de pegamentos en lugar de tornillos y la falta de disponibilidad de repuestos son mecanismos mediante los cuales los fabricantes pueden fomentar el reemplazo en lugar de la reparación.
En contraparte, los defensores de los estragos del capitalismo tardío argumentan en contra de la obsolescencia programada que simplemente se trata de innovación tecnológica, pues la rápida evolución de la tecnología puede hacer que los productos se vuelvan obsoletos rápidamente sin necesidad de una intención deliberada.
La demanda de nuevas funciones y mejoras también impulsa la actualización frecuente de dispositivos. Aunque también es justo mencionar que en algunos casos producir dispositivos menos duraderos puede ser una consecuencia de la producción en masa y la reducción de costos, más que una intención de obsolescencia.
Muchos expertos argumentan que la mayoría de las empresas priorizan la innovación y la mejora de productos sobre la obsolescencia programada, la competencia en el mercado también incentiva a las empresas a ofrecer productos de mayor calidad y durabilidad. En respuesta a las preocupaciones sobre este tema, varios países han implementado regulaciones para proteger a los consumidores y el medio ambiente.
En 2015, por ejemplo, Francia se convirtió en el primer país en adoptar una ley que prohíbe explícitamente esta obsolescencia, imponiendo sanciones severas a las empresas que diseñen productos con una vida utí intencionalmente limitada. La Unión Europea ha introducido varias directivas, como ECODESIGN, que exige a los fabricantes diseñar productos que sean más fáciles de reparar y reciclar.
Además, desde marzo del 2021 se implementó el derecho a reparar, lo que obliga a los fabricantes de ciertos electrodomésticos a hacer disponibles las piezas de repuesto y la información de reparación durante al menos diez años. En México, esa regulación aún se encuentra en etapa inicial, sin embargo, hay un creciente interés en políticas que promuevan la durabilidad y la reparabilidad de los productos para avanzar en un sentido positivo que beneficie a los consumidores.
La obsolescencia programada, ya sea real o percibida, tiene implicaciones significativas para los consumidores y el medio ambiente, la generación de residuos electrónicos y el consumo innecesario de recursos, y son preocupaciones importantes. En respuesta, movimientos como el derecho a reparar y la economía circular están ganando atención. Estos enfoques promueven la durabilidad, la reparabilidad y la sostenibilidad de los productos.

