Mis padres me cuentan épicas historias de su niñez y juventud que vivieron en un Zacatecas distinto al actual: libre, limpio e inocente, lleno de tradiciones, fe, folclor y respeto, de cuando el mundo no estaba globalizado ni había pantallas que esclavizaban a chicos y grandes con mundos irreales y mentiras fantásticas que no sólo roban el tiempo, sino la mente, el talento, la tranquilidad y la vida.
Cuando mi madre evoca los días de su juventud, me transporta a un mundo que imagino en color sepia del México rural de finales de los años 50 y los 60, en que tal vez con algunas carencias, vivió feliz con sus nueve hermanos, sus primos y amigos de infancia con quienes tuvo grandes aventuras en tiempos de siembra y de cosecha, de cuando aprendió a andar a caballo, su alazán El Negro, que no sabía de enancas y no admitía más jinete que a ella.
Me cuenta que entonces no había tantas golosinas como ahora, pero su gozo era infinito cuando comía un pedazo de piloncillo o una tortilla recién hecha a mano con miel que saciaba su antojo infantil o cuando por las tardes, de chicos comían mezquites hervidos con azúcar escuchando historias y cuentos de la tía Petra, que murió a los 115 años porque su cuerpo se cansó, aunque su inmortal espíritu se negaba a abandonar ese menudito cuerpo ya encorvado por los años.
Y ya de más grande, de joven, recuerda las meriendas en los llanos, debajo de los frondosos árboles donde se juntaban los jóvenes de entonces –ahora ya de 70 y 80 años– y bailaban, comían elotes y platicaban historias de tesoros enterrados.
Mi padre, aunque pasó gran parte de su vida laboral recorriendo a lo largo y ancho el estado para buscar terrenos adecuados para la construcción de presas y luego dirigiendo la obra de lo que hoy son las más importantes y viejas presas de Zacatecas, vivió y creció en la capital.
Fue hijo de una mujer cuyas raíces dejó colgadas en un alejado pueblito de Puebla, dedicada al hogar y de un hombre que salió desde muy chico, tal vez de 13 o 14 años, de Laguna Grande, Monte Escobedo, con uno de sus tíos a “la bola” –la Revolución– y nunca más volvió a la tierra que lo vio nacer. Murió trabajando hasta el último día de su vida como gendarme, equivalente a la actual policía municipal, después de ser soldado revolucionario y celador en el penal en el edificio que ahora alberga al Museo Pedro Coronel.
Mi papá fue un niño feliz. Recuerda que de niño su único hermano, mi tío Manuel, lo subía a jinetear los marranos que andaban por las vías del tren pizcando los maíces que caían del tren y mientras uno lloraba el otro reía divertido del tremendo espectáculo… pero ese mismo “malora”, ya de más grande lo llevaba al cine, al Ilusión o al Rex, y a la Casa de la Juventud a jugar… de joven recuerda las tardeadas en los Portales de Rosales, donde oían la música que ponía en un tocadiscos don Samuel Zesatti y bailaban…
Recuerda que cuando estaba próximo el Día de Muertos, mi abuela lo llevaba caminando a las huertas de flores a las orillas del Zacatecas de esos tiempos a comprar cempasúchil, iban caminando porque no había tanto transporte como ahora, y si lo había, él no lo sabía, pero qué importaba, era feliz porque el camino era de juegos y cuando le daba sed, bastaba con tocar la puerta de alguna casa para pedir un vaso de agua, no había o no alcanzaba para refrescos, pero ni falta le hacía… el mismo recorrido hacían para ir a las Morismas de Bracho, caminando ida y vuelta, sin más preocupaciones que no “los agarrara” la noche…
Por supuesto que entonces también había delincuentes, ladronzuelos y corrupción, pero no a grandes escalas como hoy día, ni con el descaro insultante de hoy; entonces, dicen mis viejos, se respetaba a los padres, a los hermanos y a la autoridad… se respetaba y valoraba la vida, la propia y la ajena.
Es el mismo territorio, con más gente y más tecnología. Ahora tenemos todo lo que mis padres ni siquiera imaginaron en su niñez o juventud que existiría para hacer más fácil la vida al hombre, aun así, ellos y su generación son dueños de recuerdos de una época entrañable, que obviando las posibles dificultades personales, fueron buenos años.
Y yo… ¿qué le contaré a mi nieta? ¿Qué le contarán sus padres? ¿Qué presumirá ella de su país, de su estado?
¿Me creerá cuando le describa las terribles escenas de mujeres buscando a sus hijos, con sus propios recursos, en basureros y en lugares insospechados o cuando le cuente que alguna vez se repitió el holocausto aquí en México, cuando le platique que en un rancho de Jalisco hallaron zapatos apilados y hornos crematorios como en los campos de concentración nazis?
¿Me creerá cuando le cuente que en 2025, cuando David Monreal gobernaba Zacatecas, la gente desaparecía todos los días, que no había trabajo bien remunerado, que en los hospitales no había medicinas y que cuando empezó la era de la 4T el país se desmoronó poco a poco hasta quedar en ruinas como en una película de esas futuristas de ciencia ficción en que sólo quedan vestigios de lo que fueron grandes urbes?
¿Me creerá cuando le diga que hubo una época en la que los maestros dejaron las aulas para exigir sus derechos y que jubilados y pensionados morían sin haber disfrutado de un retiro laboral digno?
Tal vez parezca fatalista, pero aunque los gobiernos Federal y del Estado se empeñen en pintar un mundo de caramelo, feliz, próspero y lleno de esperanza y las redes sociales se encarguen de propagar esa concepción irreal de Zacatecas y de México, la verdad es que la clase gobernante vive en una burbuja en la que todo tienen, todo hacen y todo pueden hasta inventarse historias que nadie cree.
Por eso, yo le contaré a mi nieta, como una bella historia de amor, cómo vivieron felices sus bisabuelos en un mundo alejado de la globalización y de la ambición desmedida de una familia…


Sin duda alguna, afirmo que serás una maravillosa abuela, que no tiene más que amor por darle a esa pequeña que aún no nace y ya está rodeada de muchísimo amor ❤️