Luna Nueva: Las manos son dignidad

Generalmente vivimos sin sentir nuestro cuerpo, ignorando todos los procesos que hacen cada parte de él. Respiramos sin ser conscientes de que, de no hacerlo, perderíamos la vida.

Caminamos, degustamos una infinidad de sabores, vemos el azul del cielo y la manchita en el suéter que nos gusta, oímos el ruido en una construcción, el llanto de un bebé y a nuestros hijos llamándonos… todo lo damos por hecho, pocas veces o nunca nos detenemos a analizar por qué vemos, oímos, olemos, respiramos, sentimos, vivimos…

Mi abuelo fue un hombre que vivió con plenitud 107 años en un mundo distinto al que conocemos hoy. Fue campesino, crió ganado y cultivó la tierra, fue leñador, comerciante, músico y buen amigo; le gustaba el baile y el trago. Todavía un mes y medio antes de su muerte tocó el tololoche, bailó y convivió con su gente. Nunca fue un viejito desvalido que necesitara atención 24/7 por incapacidad, a pesar de que por miedo a caerse, como cuando se fracturó las costillas, caminaba apoyado en un andador.

Días después de su cumpleaños se fracturó uno de los huesos del antebrazo derecho. Fue el principio del fin. Acostumbrado a su independencia y chapado a la antigua, no consintió que nadie, mucho menos dos mujeres –sus hijas–, le asearan. Su pudor era más fuerte que cualquier necesidad de atención.

Con el brazo imposibilitado para dejar la cama por sí mismo y para apoyarse en su andador, en dos ocasiones no fue suficientemente rápido para llegar al cuarto de baño, con el consiguiente ritual de limpieza al que amorosamente sus hijas le sometieron.

Fue una pelea constante: «No ne vean». «No me agarren». «Déjenme…». Y como pudo se enredó en la sábana y ya no quiso comer ni beber nada, para no tener necesidad de ir al baño.

Bastaron dos semanas para que el hombre robusto y pesado se consumiera. No fueron suficientes los sueros intravenosos ni las píldoras de todas formas, tamaños y colores para evitar el colapso. Con su ánimo y ganas de vivir también se fue su salud completa: sus pulmones se resintieron y la fuerza fue menguando poco a poco hasta que una madrugada dio su último suspiro, en los brazos de mi madre, cuando intentaba darle un sorbo de agua.

Todo se desencadenó por no poder usar sus manos. Fue entonces cuando comprendí la maravillosa labor de estas extremidades que nos dan independencia, dignidad y nos ayudan a expresar amor en una caricia.

Ya había tenido oportunidad de sentirme «inútil» con las dos manos vendadas al mismo tiempo por una cirugía, entonces supe cuán necesarias eran para el día a dia: para peinarme, vestirme, alimentarme, tender mi cama, trabajar, expresar mi respeto en un apretado saludo…

Casi dos años después entré otra vez a quirófano, esta vez sólo por la mano derecha –el trabajo repetitivo de tundeteclas me dañó los dedos– y, como mi abuelo, dependí de terceros en actividades básicas.

Sigo en terapia física para recuperar la movilidad y sensibilidad de mi mano, fue ahí, en el consultorio de rehabilitación del IMSS, que mi fisioterapeuta Yolo, con sabias palabras, le dio nombre a lo que mi abuelo perdió y al final le costó la vida; en un gran momento de lucidez y congruencia evidente afirmó: las manos son dignidad.

Y vaya que lo son. Lo he visto, comprendido,  vivido y sufrido.

¡Cuidemos nuestras manos! Nuestro cuerpo entero, que día a día nos regala la dicha de ser, de ver, sentir, oler, oír, saborear y acariciar al recién nacido que alegra nuestra vida, a nuestros hijos y padres y que nos ayudan a llevar el sustento propio y de los nuestros a nuestra casa.