Hoy empiezan las posaditas. Son nueve días de pura tradición religiosa cargada de nostalgia para muchos, sobre todo para los cincuentones como yo que al llegar estas fechas nos es imposible no evocar nuestra feliz infancia cada vez más lejana.
Conforme pasan los años, la modernidad silenciosa llega sin apenas darnos cuenta y pesa tanto que va aplastando muchos de esos detalles que cuando niños dábamos por sentados y que ahora son sustituidos por otros, se van modificando o de plano se van omitiendo.
Ayer me di cuenta cuando, en auto, llevé a ver la decoración navideña a mis padres porque ya no tienen ni la agilidad de sus años mozos para caminar ni las ganas de enfriarse por la noche para ver encendidas las luces navideñas.
Entonces caímos en la cuenta de que los soldados cascanueces, originarios de Alemania, las paganas coronas navideñas, los monos de nieve y los enormes pinos que evocan las celebraciones de los solsticios de invierno de las tradiciones, también paganas, de los pueblos celtas y romanos, han sustituido a los nacimientos que hasta hace pocos años se veían en el Centro Histórico.
No estoy en contra de la modernidad ni de las nuevas costumbres ni de las nuevas formas de vivir ni del replanteamiento de las celebraciones, es mera nostalgia la que me lleva a hacer el señalamiento. De hecho, también disfruté de las posadas de manera diferente a como lo hicieron mis padres; mientras ellos recuerdan sus posaditas rezando y comiendo tamales y ponche, yo además de eso, también disfruté bailando y conviviendo en un ambiente nada religioso.
Sin embargo, es inevitable no recordar cómo con ansia, hace unos años, esperaba estas fechas que pasaba en casa de mis abuelos en Villanueva, con mis tías y mis primos y que esperábamos y preparábamos desde ir a recolectar al cerro musgo y paiste (ahora pomposamente llamado heno) para el Nacimiento.
En esa comunidad, el primer Nacimiento y fiesta comunitaria se hizo en casa de mi abuela. Cuenta mi madre que el primero se hizo con figuras de cartón, luego poco a poco se fueron juntando «los juguetes» –borreguitos, pastores, casitas y demás ornamentos propios del Nacimiento– en cada viaje de mi abuela a San Juan de los Lagos.
En su casa, además de la familia, se reunía toda la comunidad cada 24 de diciembre. Todos rezábamos el rosario, cantábamos con singular alegría los villancicos y con sonoros y agudos gritos el «…a Dios salvadooooor…».
Recuerdo cómo nos divertíamos escurriendo la cera de las velitas de colores en las manos y cómo en el rezo deberíamos estar «a las vivas» para que no nos chamuscaran el cabello, sobre todo las niñas.
En casa de mi abuela se daba de cenar a todos los que iban a rezar; entre ellas, mis tías y mi mamá preparaban dos cazos enormes de tamales y unas ollas descomunales de ponche, a veces también hacían buñuelos. Todo se repartía después de quebrar las piñatas.
Los bolos se daban en bolsas de papel kraft y otras veces a puños, los recibíamos en las manos o «aparando» alguna prenda para recibir un puño de cacahuates, colaciones y huevitos, naranjas y cañas; con el tiempo fueron cambiando las golosinas y la envoltura, hasta como los conocen nuestros hijos hoy en bolsas de plástico, celofán o cajas decoradas minuciosamente para la ocasión.
En esos tiempos los chicos, que ahora somos adultos, ni cuenta nos dábamos del gasto que implicaba la celebración.
Las posaditas como tal nunca fueron tradición familiar, los nueve días pues, la reunión sólo era en Nochebuena, pero era magia pura: la ilusión de acostar al Niño Dios, los dulces, los regalos –no había intercambios, yo sólo recibía los que «el Niño Dios me traía»–, la ropa nueva, la fiesta, el barullo que se hacía durante los preparativos…
Ahora, he comprendido que esa magia no la daba el Nacimiento o los regalos, sino la convivencia estrecha con los seres queridos, el relajo de los primos, el trajín para preparar los tamales, las reprimendas por intentar bajar los borreguitos para jugar, el olor a cabello quemado y las galletas remojadas en el bolo porque la mandarina se aplastó.
Y sobre todo el gran esfuerzo –económico y de trabajo– que hacían los grandes de ese tiempo para mantener unida a la familia y dar alegría a los chicos. Ahora sé que eso se llama amor.
Hoy no hay casi nada de eso. Muchas de las personas que le daban vida a esas navidades ya trascendieron –aunque siguen presentes en nuestros recuerdos–, ya no se dan colaciones en bolsas de papel ni en todas las casas se reza la noche del 24 de diciembre, sin embargo, la última posadita sigue siendo referente de unidad familiar, de acercamiento de amistades entrañables y de regocijo en medio de nuevas tradiciones.

