Hace mucho tiempo un buen amigo me contó que su abuelo en una ocasión le dijo que algún día los mexicanos recuperarían el territorio que perdió al norte de México y todavía un poco más allá, aunque no de la forma simple de ver el asunto, como recuperar un pedazo de tierra para añadirlo al mapa, sino de otra forma, «y me dijo ‘paciencia, tal vez tú lo verás'».
Dos generaciones después mi amigo descifró «el acertijo» y vio lo que su abuelo vaticinó: miles, tal vez millones de mexicanos viven en los estados fronterizos de Estados Unidos con México –algunos de manera legal y otros no– y aún más allá de la frontera, retomando el territorio que antes fue mexicano.
El vaticinio fue confirmado con datos incluidos en el Anuario de Migración y Remesas México 2025, elaborado por la Secretaría Técnica del Consejo Nacional de Población (Conapo), BBVA y BBVA Research que revelan que hay un total de 40.6 millones de personas de origen mexicano en Estado Unidos, el mayor volumen se centra en la segunda y tercera generación con el 68.7 por ciento.
Cerca del 60% de los migrantes mexicanos viven en California o Texas, ¡el abuelo tenía razón!
Esta historia muestra cómo observando con atención los acontecimientos que nos interesan, podemos adelantarnos a estos para tomar decisiones, con la certeza casi total de que acertaremos, salvo aquellos en que toman parte situaciones imposibles de predecir o controlar, como los fenómenos naturales, por ejemplo.
Lo acontecido en Venezuela, a tres días de haber iniciado 2026, debiera encender las alarmas de todos los gobiernos de Latinoamérica, los versados en política internacional y todo lo que lo concierne a tema no me dejarán mentir: el rumbo que llevaba el país sudamericano tenía sumergida a su población en la pobreza, a pesar de la riqueza que representa todo el petróleo que hay en su territorio, una tentación muy grande para el Tío Sam.
La pobreza en aquel país no fue repentina, sino paulatina, no como la rana que arrojaron al agua hirviendo que busca salir del recipiente con desesperación, sino como la que su proceso de cocción fue lento, con ella dentro del agua que fue subiendo de temperatura poco a poco, sin que el animal lo notara, hasta que fue tarde para salvarse.
En una entrevista que vi hace poco, un empresario venezolano –del que no recuerdo el nombre–, explicó en palabras simples cómo era la vida en su país; palabras más palabras menos dijo que él nunca estuvo pendiente de la vida política de su país; trabajaba en lo que le gustaba, produciendo películas, y le iba bien.
Migró no por la situación política y social de su patria, sino porque se le presentó la oportunidad de ir a EU donde le fue bien, percibía un salario que le permitía vivir bien a él en Miami y le enviaba más que suficiente dinero a su familia para vivir en Venezuela, todos estaban contentos, aunque el plan final era reunirse todos en Estados Unidos, pero no había prisa.
Sin embargo, de pronto ya no hubo qué comprar, aunque había dinero; fue cuando se preocupó por la situación de su país y empezó a tramitar el traslado de su familia a donde estaba él.
La historia del empresario muestra lo que en más de una colaboración he explicado, al ciudadano de a pie, el que no está inmerso en temas políticos, al que no le interesa quién gobierna, si es derecha o izquierda y quien se dedica sólo a trabajar y vivir su vida, sólo se da cuenta de si un gobierno va mal cuando ya no tiene las condiciones para tener una vida digna en todos los sentidos.
Sin afán de ser fatalista, veo algunas similitudes de México con Venezuela. Somos un país con una inmensa riqueza natural –minería, petróleo, recursos naturales en general– muy tentador también para nuestro vecino del norte; el marco político de México se va dibujando para el presidencialismo absoluto –como en Venezuela– con un Poder Judicial impuesto a modo por el Ejecutivo restándole independencia y autonomía y un Poder Legislativo manejado también desde Palacio Nacional, con lo que se debilitan los contrapesos institucionales.
En Venezuela esta situación llevó a la erosión de las instituciones democráticas y la instauración de un régimen autoritario.
En ambos países ha imperado el populismo, con líderes que han utilizado y abusado de programas sociales y apoyos directos para ganar lealtades, sin tener un plan sostenible a largo plazo.
Además, ambas naciones muestran una clara dependencia de la producción del petróleo y muestran una polarización política muy evidente.
Una coincidencia más: en los dos países opera el narcotráfico con desfachatez, dando pretexto a EU para justificar una posible intervención.
El combate al narcotráfico fue la excusa que usó Donald Trump para hostigar a Venezuela, investigar a sus ciudadanos y finalmente, capturar al presidente Nicolás Maduro. Y no fue un ataque sorpresivo, EU envió muchas señales y advirtió más de una vez al mandatario que iría por él y su petróleo.
El abuelo de mi amigo Frank no era adivino, mago ni brujo, sólo observó; su nieto lo describe como un viejo ávido de conocimiento, que leía cuanto papel con letras caía en sus manos, desde revistas, periódicos y por supuesto, libros. Usó ese conocimiento para seguir de cerca el tema migratorio y pudo hacer un panorama general de lo ahora ocurre, aunque él ya no vivió para verlo.
Así que como dice el sabio refrán: Cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar.

