“Lo que salva al mundo es la gratuidad del amor”
Juan Pablo II
El tema del amor es muy amplio y de constante reflexión, un hombre puede amar a una mujer y viceversa, los padres aman a los hijos, un hijo puede amar el estudio y el deporte; una persona puede amar la cultura y el arte; el amor al amigo que se encuentra atravesando una situación difícil y le expresamos: “lo siento, cuenta conmigo”, o una persona religiosa ama a Dios.
El amor no es un concepto simple, es la experiencia que incorpora las dimensiones de lo ético, de lo estético y de lo político. Además, debemos distinguir del amor y el deseo, del amor y el enamoramiento, del amor y el apego, pero por ahora no se tratarán esas diferencias.
En mayo de 2023 publiqué una columna sobre “El amor propio, una filosofía de vida” y en mayo de 2025 retomé el tema con la columna titulada “Hablemos de amor”, también desde las concepciones filosóficas. En esta ocasión lo abordaré desde algunos filósofos y la religión.
La concepción del amor tiene diversas interpretaciones, principalmente la griega, en particular la platónica y la cristiana. José Ferrater Mora, en su diccionario de filosofía, nos dice que el filósofo alemán Max Scheler expresó que: “En la concepción griega el amor era concebido como una aspiración de lo menos perfecto a lo más perfecto”.
De acuerdo con el diccionario de la Real Academia Española (RAE) la palabra “Gratuidad” proviene del latín “Gratuitas, atis, cualidad de gratuito” y la palabra “amor” proviene del latín “amor, -ōris”, que significa amor, afecto, es un sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser.
Como en las columnas anteriores ya abordé las concepciones filosóficas del amor, citaré brevemente la perspectiva de los principales filósofos que trataron el tema. El mundo antiguo se expresa sobre todo en los “Diálogos de Platón”, la doctrina estoica, San Agustín y Santo Tomás.
Platón concebía que el amor es el camino a lo estético: como búsqueda de lo bello, a lo ético; como búsqueda de lo justo y de lo ético, búsqueda de lo verdadero. Aristóteles plantea la filosofía como “amor por la sabiduría” así como la noción del amor como “amistad”.
Desde la perspectiva estoica, el amor es algo que se debe cultivar, sin apegos, priorizan el amor propio y la amistad buscando el equilibrio emocional.
San Agustín obispo de Hipona, en su “Libro de los Sermones”, se centra en el amor a Dios como el bien supremo y fuente de la verdadera felicidad. San Agustín sostiene que la perfección del amor puro descansa en el siguiente precepto: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo, que si al hermano que ves no amas, a Dios, que no le ves ¿cómo puedes amarle?”.
Santo Tomás de Aquino, en la “Suma Teológica”, integra la razón con el amor, siendo el amor propio ordenado la base para amar a Dios y al prójimo y Dios es quien mueve por amor a las criaturas que aspiran al Sumo Bien. El amor también es un acto de voluntad racional y desinteresado que se elige y a través de ese acto el amor se convierte en una fuerza transformadora.
La gratuidad del amor en el cristianismo
El cristianismo afirma que Jesús es el origen de la gratuidad del amor, de aquí la insistencia a la vida de oración y a la relación personal con el misterio de Jesús. Sin Jesús no hay gratuidad de Dios. Lo segundo es que Jesús nos invita a estar con él estando con alguien: “dónde dos o tres estén reunidos en mi nombre allí estaré yo también”. Sin la preocupación por los demás, no hay gratuidad cristiana.
El texto que contempla este importante pilar del cristianismo se encuentra en el credo como fundamento de la fe; lo propone el evangelio de Lucas en “El buen samaritano”: “Un maestro de la Ley que quería ponerlo a prueba, se levantó y le dijo: «Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna? Jesús le dijo: ¿Qué está escrito en la Escritura? ¿Qué lees en ella?» El hombre contestó: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y amarás a tu prójimo como a ti mismo». Jesús le dijo: «¡Excelente respuesta!: Has eso y vivirás»(Lc 10,25-28).
Para el Padre Ignacio Larrañaga, la gratuidad del amor divino es la esencia del cristianismo: un amor incondicional, inmerecido y desbordante que Dios ofrece, no por méritos humanos, sino por pura misericordia. La experiencia de ser amados gratuitamente mueve a amar a los demás de la misma manera, rompiendo barreras y devolviendo bien por mal.
Reflexión final
Tradicionalmente los valores de las personas estaban influenciados por la religión y la familia, se mostraba respeto, agradecimiento, amor incondicional, humildad, honestidad, actitud de servicio, entre otros. Con el avance de la tecnología, se tienen ventajas cuando se usa adecuadamente, facilita el acceso a la información y ayuda a mejorar el aprendizaje de los adolescentes y jóvenes.
Algunas de las desventajas en esta era digital es que se han transformado los valores de los jóvenes al fomentar inmediatez, individualismo y validación social, promoviendo la conexión digital sobre la interacción física, ahora con la hiperconectividad (conexión constante de dispositivos móviles o portátiles), pueden estar conectados con personas a grandes distancias y alejados de quienes están físicamente cerca.
Si bien la tecnología es una herramienta que posibilita el aprendizaje, también puede provocar dependencia, aislamiento social, disminución de la paciencia, problemas de autoestima, así como acoso cibernético.
No es fácil para los jóvenes de esta época comprender el valor de la gratuidad, cuando existe un fuerte individualismo, vivimos una realidad condicionada por las relaciones de interés, se actúa buscando un beneficio personal.
La mercadotecnia impulsa una dinámica de constante competencia, un continuo compararse con otros y está ligada al consumismo, donde poseer productos exclusivos, se asocia con frecuencia al estatus social y la aceptación, manifestándose en un deseo enfermizo de “tener más que los demás”.

