Cuando mi hija Mariana era chiquita, sufría de dolores terribles de estómago. Eran tan fuertes que en más de una ocasión debió ser hospitalizada. Fueron años terribles para las dos; el diagnóstico fue colitis nerviosa, raro padecimiento para una niña que apenas alcanzaba los 6 años de edad.
Pasó el tiempo y empezamos a fijarnos qué comía cuando le daba el dolor. Resultó que tiene cierta intolerancia a los frijoles y aunque le encantan dejó de comerlos y jamás le volvió el terrible mal.
De entrada mi hija evita ese alimento por su extraña «alergia», pero en general los mexicanos cada año comemos menos frijoles a pesar de que junto con el maíz, han sido la base de la alimentación en México.
De acuerdo con datos del Panorama Agroalimentario, elaborado por el Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera (SIAP) durante los últimos 45 años el consumo per cápita de frijol en el país disminuyó 48.12%; la tendencia a la baja va de 16 kg al año en 1980 a 7.7 kg en 2024.
El SIAP menciona como posibles causas diversos factores como la migración, el urbanismo, cambios en el poder adquisitivo de la población en general y mayor incorporación de la mujer a la actividad laboral, entre otros.
Creo que todas las causas son legítimamente posibles, aunque creo que la de mayor peso es la inclusión de la mujer al campo laboral fuera de casa, porque aunque no es una actividad exclusiva de mujeres, históricamente somos las mamás las que cuidamos del hogar y por ende las encargadas de alimentar a la familia.
Al salir a trabajar, ya no se dispone del mismo tiempo para cocinar entre otras actividades domésticas, por lo que eventualmente se compran alimentos preparados o se cocinan platillos más simples porque los frijoles llevan su proceso: limpiarlos, remojarlos, cocerlos y estar pendiente de ellos. El tiempo ya no alcanza para tanto.
Ello y las nuevas costumbres, modas y formas, van cambiando los hábitos alimenticios. ¿Se acuerdan qué sabroso se comía en casa de los abuelos unos frijoles de la olla recién cocidos, con fideo, una chilaca asada en el comal y un pedazo de queso fresco?
Esos manjares han quedado en la historia, ahora las nuevas generaciones prefieren un trozo de pizza, una hamburguesa o cualquier platillo que pueden pedir por medio de una aplicación sin salir de casa.
Comemos menos frijol sí, pero no porque no haya… al menos no este año, pues a inicio de este 2026 sólo en Zacatecas tenemos una cosecha histórica de casi 400 mil toneladas de frijol, promovida por el programa federal de Autosuficiencia de Frijol para garantizar la soberanía alimentaria del país, con lo que evitaría el 30% de la importación actual de este alimento.
Para lograr el objetivo se distribuyeron 5 mil 700 toneladas de semilla certificada que se sembraron en 230 mil hectáreas de la zona frijolera zacatecana que contempla a Sombrerete, Río Grande, Fresnillo y Villa de Cos entre otros municipios… la misma presidenta Claudia Sheinbaum estuvo en Zacatecas más de una vez para promover el programa.
En los eventos masivos, tanto funcionarios federales como estatales anunciaban con bombo y platillo que se contemplaba una inversión de 150 millones de pesos en semilla y 500 millones en fertilizante.
El programa se echó a andar en Zacatecas porque históricamente ha sido llamado el Granero del México, ya que lidera la producción nacional de frijol, al producir el 34% de la leguminosa que se produce en México.
En el arranque afirmaron que la meta de producción era de un millón 200 mil toneladas y que serían beneficiados sólo en Zacatecas 45 mil productores de 33 municipios; se prometió un precio de garantía de 23 pesos por kilo y la certeza de que toda la cosecha sería comprada por el Gobierno Federal para venderla luego en las Tiendas del Bienestar. Mejores condiciones no podían ni soñar los frijoleros, sobre todo los de Zacatecas, que siembran en las tierras áridas del semidesierto.
Pues se dio la cosecha y de las 400 mil toneladas que se dieron en Zacatecas, el gobierno sólo compró 80 mil toneladas, dejando a los productores a merced de los coyotes.
Los campesinos, al verse defraudados, se han manifestado para evidenciar anomalías y retrasos, denuncian que en los centros de acopio nada va bien, pues hay desde desabasto de costales, las bodegas están saturadas y constantes fallas operativas.
En fin, el programa frijolero no salió tan bien como lo pintaron…
Pero bueno, al cabo los mexicanos comemos menos frijoles y no sólo estos van quedando en el olvido; otras delicias tradicionales también van perdiendo terreno ante otras alternativas que vamos adoptando con la globalización.
Aunque no en orden de importancia ni son todos los que hay, por el momento vienen a mi mente el pinole, los atoles, la capirotada y en general toda la comida de cuaresma, camote cocido con piloncillo, atole blanco –conocido también como atole de masa–, dulces de chilacayota, camote o cocadas…
En fin, desde que el mundo es mundo nada es para siempre, todo cambia, todo se mueve. A veces el cambio es rápido, drástico, radical, ruidoso y por lo tanto muy notorio; otras es tan lento que ni siquiera nos damos cuenta de que algo ha cambiado en nosotros, nuestra familia o ciudad, sino hasta mucho tiempo después.
Los hábitos alimenticios no son la excepción y van junto con las tradiciones y costumbres, es la forma en que las sociedades van cambiando rumbo a lo que llamamos modernidad. Lo que ya es una constante, que parece no cambiará, es que los programas de la 4T no salgan como nos los venden, para muestra un frijol… y esperen a ver qué pasa con Milpillas.

