Hay una crisis que no hace ruido hasta que explota. No llega en titulares de última hora ni se anuncia con alarmas. Llega en el silencio de un joven que deja de hablar en la cena, en la mirada perdida detrás de una pantalla, en la respuesta automática de “estoy bien” que ya nadie cuestiona.
México vive hoy una emergencia de salud mental entre sus adolescentes, y durante demasiado tiempo la hemos tratado como si fuera un asunto privado, casi vergonzoso. Como si pedir ayuda fuera una señal de debilidad y no, exactamente, lo contrario.
Los números son duros. La Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco 2025 reveló que uno de cada diez adolescentes de entre 12 y 17 años presentó malestar psicológico significativo en el último año. Pero quizás el dato que más debería interpelarnos es este: los adolescentes mexicanos triplican la tasa de intentos de suicidio de los adultos. Y la tasa de suicidio consumado en jóvenes de 15 a 19 años se duplicó en apenas cinco años.
No son estadísticas frías. Son hijos, sobrinos, vecinos, alumnos. Son los que van a las mismas prepas donde todos los días se supone que el futuro está siendo construido.
El asesinato de dos maestras en la preparatoria Antón Makárenko de Lázaro Cárdenas sacudió al país en marzo pasado. Y aunque ese hecho extremo no puede usarse para generalizar, sí nos obligó a hacernos una pregunta que llevábamos tiempo evitando: ¿qué estamos dejando de ver en nuestros jóvenes?
El gobierno federal respondió con una estrategia de salud mental para secundarias y preparatorias de todo el país –capacitación docente, guías para familias, pláticas semanales, fortalecimiento de la Línea de la Vida–. Es un paso real y necesario, y hay que reconocerlo como tal. Las instituciones están reaccionando. Pero las instituciones no pueden hacer lo que sólo puede hacer una familia, una comunidad, un adulto que sabe escuchar.
Porque el problema de fondo no es que falten programas. Es que hemos normalizado no ver a nuestros jóvenes.
Vivimos en una cultura que celebra la resistencia y desconfía de la vulnerabilidad. Que le dice al adolescente que “eso es cosa de la edad” cuando lo que está experimentando es genuino terror existencial. Que confunde el silencio con estabilidad. Que tiene más conversaciones sobre el rendimiento escolar que sobre cómo se siente el alma de quien estudia.
A eso se suma el ecosistema digital en el que crecen. Las redes sociales no son el demonio, pero tampoco son inocuas. Un chico o una chica que pasa seis horas diarias en plataformas diseñadas para maximizar el enganche emocional está siendo sometido a una presión para la que ninguna generación anterior tuvo que prepararse. Y lo está enfrentando, muchas veces, sin red.
La inversión pública en salud mental en México apenas roza el 1.5% del gasto en salud, cuando la Organización Mundial de la Salud recomienda al menos el 5 por ciento. Esa brecha no se cierra de un sexenio a otro. Pero mientras el Estado escala sus capacidades, la familia y la comunidad no pueden abdicar.
¿Qué podemos hacer nosotros, los adultos que compartimos mesa, aula o institución con estos jóvenes? Más que lo que creemos. Preguntar cómo están, de verdad, y esperar la respuesta sin rellenar el silencio. Dejar de tratar la tristeza como un defecto de carácter. Aprender a distinguir entre un adolescente difícil y un adolescente que está sufriendo.
Zacatecas no es ajena a esto. Nuestros jóvenes enfrentan las mismas presiones que el resto del país, agravadas en ocasiones por contextos de migración, desintegración y violencia familiar, así como la falta de oportunidades en comunidades rurales. Los vemos en las escuelas, en los centros de salud, en las calles. Pero ¿los estamos viendo de verdad?
El mayor riesgo no es que no haya soluciones. Es que sigamos buscándolas en otro lado mientras la respuesta más urgente está al alcance de la mano: voltear a ver, escuchar.

