Es innegable que el hombre –como especie– debe trabajar para hacerse del sustento diario, todos lo sabemos y cuando llegamos a la edad adulta lo sufrimos, aunque no perdamos de vista que existen las personas que disfrutan su labor.
Para los creyentes –como yo– encontramos el origen del trabajo en el primer libro de la Biblia, el Génesis, en el que Dios advierte a Adán cuando lo desobedeció que: «con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra». (Gen. 3:19).
Sin profundizar mucho en la Historia, sabemos que siempre ha habido trabajadores, independientemente si son bien pagados o no –la esclavitud, el socialismo o el capitalismo son otros temas–.
En este país de contrastes, también es necesario tener un empleo para generar ingresos con los que podamos satisfacer desde las necesidades más básicas, hasta las no tanto y los lujos extremos que pocos se pueden dar.
El dinero es indispensable para todo, no lo podemos negar: con dinero se pagan alimentos, bienes y servicios. De la cantidad de dinero que manejemos depende, además del sustento diario, nuestra salud mental, el tiempo de esparcimiento y descanso y una vida de calidad con nuestros seres queridos.
Dependemos tanto del dinero, que incluso la sabiduría popular acuña verdaderas sentencias sobre éste: Poderoso caballero es don dinero, o bien uno más coloquial o directo: Con dinero baila el perro y sin dinero, bailas como perro…
Y aunque el salario mínimo ha aumentado 154% en términos reales en los últimos años –pasó de 88.36 pesos diarios en 2018 a 315.04 pesos diarios al 1 de enero de 2026, lo que equivale a aproximadamente 9 mil 582.47 pesos mensuales– el poder adquisitivo no registra en la práctica un aumento a la par –los precios de productos de la canasta básica de pronto se tornan inalcanzables como el jitomate o las medicinas y los combustibles, por ende, el transporte–.
Por ello muchos, con vocación de comerciante o sin ella, se lanzan a las calles, las plazas públicas o entre amigos y conocidos a vender lo que pueden, para completar el gasto en el mejor de los casos y en el peor, para tener ingresos, ante la falta de oportunidades laborales reales.
Según documenta la Historia, el comercio comenzó en el neolítico con el trueque de excedentes agrícolas y ha evolucionado a partir de la invención de la moneda, pasando por las grandes rutas de exploración global en la Edad Media y el crecimiento industrial, hasta llegar a la actual era del comercio electrónico y las cadenas logísticas digitales.
En este contexto, además de los ambulantes que pululan en la vía pública, al menos en la capital y en Guadalupe, podemos ver que Zacatecas no es ajena a estas cadenas de comercio informales que operan con éxito en redes sociales, donde se vende desde un labial de 15 pesos, hasta un par de zapatos usados, ropa “americana” nueva y de segunda oportunidad, electrodomésticos, muebles, comida, regalos y bienes y servicios.
El comercio –tradicional o electrónico– se ha convertido en una de las formas “más socorridas” para “paliar” el desempleo y por consiguiente, la falta de liquidez.
Aunque las cifras oficiales publicadas por el INEGI indican que el desempleo se ubica en 2.5%, casi inexistente pues, la realidad es que muchos de los encuestados ciertamente no están o estaban desempleados al ser entrevistados, pero no tienen un empleo formal, es decir, más de la mitad de esos “empleos” que se cuentan son informales.
En otras palabras: la gente se emplea como y en lo que puede, sin ningún tipo de seguridad social ni prestaciones de ley porque nadie, absolutamente nadie, se puede dar el lujo de no trabajar.
En números, según el INEGI, en el país el 54.8% de la población ocupada trabaja en la informalidad, lo que equivale a 32.6 millones de personas carecen de seguridad social, prestaciones y contratos regulados.
En Zacatecas, la Tasa de Informalidad Laboral se ubica en 60.8% de la población ocupada, es decir más de seis de cada 10 trabajadores en el estado laboran sin prestaciones de ley, sin contratos reconocidos o sin acceso a seguridad social, cifras que rebasan por mucho la media nacional (54.8%).
Desde mi punto de vista, las cifras que da el propio Gobierno revelan que los mexicanos somos una raza trabajadora, que “no se raja” a la primera dificultad, que le busca la forma y que no está esperando a que se hagan realidad las promesas de ningún Gobierno.
Somos, en general, un pueblo trabajador, responsable y reconocido en otros países por nuestras capacidades laborales, aunque en México no; por ello hay una gran cantidad de mamás luchonas y papás que trabajan aquí y ahí, venden y –tristemente– “transan” o ven oportunidad en actividades lucrativas al margen de la ley.

