«La esperanza hace que agite el naufrago sus brazos en medio de las aguas, aun cuando no vea tierra por ningún lado».
Ovidio (43 AC-17) Poeta latino.
En el entorno que estamos viviendo marcado por la violencia, la polarización, la pobreza, las desigualdades sociales y una profunda sensación de incertidumbre e inestabilidad, la Asamblea General de las Naciones Unidas ha lanzado un mensaje al mundo: la esperanza es más necesaria que nunca.
“No hay paz sin esperanza, no hay desarrollo sin confianza y no hay futuro sin creer en uno mismo”. — Diálogo de la UNESCO sobre la paz y los derechos humanos.
La palabra “esperanza” proviene del latín sperantia, derivada del verbo sperare (esperar o confiar), a su vez originado del sustantivo spes-ei: espera, esperanza, confianza; spero: esperar, tener esperanzas. En el vocablo griego Ɛλπίς-ίδος, ἡ, se traduce por “esperanza”; para los griegos la esperanza era un consuelo.
Según el Diccionario de la Lengua Española, la palabra esperanza se define principalmente como el estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable o posible aquello que se desea.
Concepciones de “esperanza”
El concepto de esperanza ha sido tratado por teólogos (especialmente cristianos) con más frecuencia que por filósofos. Los teólogos y filósofos medievales trataron con frecuencia, la esperanza como virtud teologal. Es una de las tres llamadas «virtudes teologales» junto con la fe y la caridad.
Entre los máximos pensadores de la filosofía medieval, tenemos a San Agustín de Hipona que consideró la esperanza como una virtud relativa a un bien de carácter personal. En sus primeras obras destaca que uno de los puntos esenciales del cristianismo es la esperanza, y concretamente la esperanza en la resurrección y en la vida eterna.
Santo Tomás trató la esperanza de dos maneras: como acto natural del hombre y como virtud sobrenatural dada por Dios. La primera aclaración que realiza Tomás de Aquino es que “el objeto de la esperanza no es el bien futuro en absoluto, sino en cuanto arduo y difícil de obtener”.
En la época moderna consideran la esperanza de diversos modos además del teológico cristiano, está el psicológico, donde la esperanza es una de las llamadas «pasiones del alma», una «espera» y una «expectación». Descartes la definió como la perspectiva de la adquisición de un bien con probabilidad de alcanzarlo, mientras que Locke se refirió a la esperanza como un placer experimentado ante la idea de un probable futuro que puede producir deleite.
La esperanza en nuestra vida cotidiana
Tuve una abuelita que siempre fomentó en mí la esperanza de lograr o tener algo y es muy importante tener cerca una persona que nos aliente, nos motive a lograr lo que deseamos, eso fortalece nuestra autoestima y nos ayuda a tener pensamientos positivos y optimistas.
En momentos difíciles, la esperanza de vivir un mundo mejor es el motor que nos impulsa a generar cambios positivos que nos ayuden a construir un mundo más solidario y justo para todos.
Ante las adversidades (una pérdida no resuelta, un evento traumático) muchas personas se sienten agobiadas, se desesperan y pierden toda esperanza de mejorar sus vidas. La falta de esperanza, la «impotencia aprendida» o la «desesperación», pueden estar relacionadas con aspectos de la depresión. La esperanza es una forma de sostenernos cuando todo parece desmoronarse.
En palabras del escritor portugués José Saramago (1922-2010): “La ceguera también es esto: vivir en un mundo donde se ha acabado la esperanza”.
Podemos cultivar la esperanza en nuestras vidas con una actitud realista pero optimista, trabajando en nuestros objetivos. La esperanza fomenta la confianza, reduce la polarización, nos ayuda a afrontar una pérdida, puede reducir la depresión, el estrés, la ansiedad, mejora la salud física y mental y nos permite disfrutar más la vida.
Si sembramos amor, encendemos la esperanza, cuando realizamos actos de bondad, estamos dando esperanza, al ofrecer palabras de aliento infundimos esperanza, cuando consolamos a una persona que atraviesa momentos de dolor o dificultad estamos ofreciendo esperanza al acompañarla en su proceso.
La esperanza no sólo es una virtud personal, sino una responsabilidad compartida, La esperanza es la capacidad de mantenernos a flote en medio de las tormentas de la vida, no hay que olvidar que después de la tormenta llega el arcoíris, lo que significa que después de las dificultades, tristezas o problemas llegan momentos de paz y esperanza.
Concluyo con una frase de un escritor de mis favoritos, Juan Rulfo (1917-1986) novelista y cuentista mexicano. “Hay aire y sol, hay nubes. Allá arriba un cielo azul (…) Hay esperanza, en suma. Hay esperanza para nosotros, contra nuestro pesar”.

