Las normas sociales pueden ser tan decisivas como la economía frente al cambio climático. Un nuevo modelo matemático ha revelado que reducir emisiones en una región puede frenar la acción climática en otras zonas.
Detrás de decisiones tan cotidianas como comer más o menos carnes o llevar una botella de agua reutilizable, hay algo más que cálculo económico; las normas sociales actúan como presión silenciosa de lo que hacen y aprueban quienes nos rodean.
Un nuevo modelo matemático sugiere que estas normas pueden ser tan importantes como la economía a la hora de determinar cómo responde el mundo al cambio climático. La investigación, liderada por la Universidad de Waterloo Canada, publicada en la revista Natura Communications, muestra que los esfuerzos por reducir las emisiones en una región pueden influir involuntariamente en las acciones climáticas de otros lugares, con consecuencias capaces de fortalecer o debilitar el progreso global contra el calentamiento.
Este modelo divide el mundo en cinco regiones cultural y económicamente distintas: Asia, América Latina, Oriente Medio y África, los países de la OCDE y las economías en proceso de reforma de Europa del este y la Antigua Unión Soviética, sobre ese mapa y simula cómo interactúan las normas sociales, los riesgos climáticos percibidos y las presiones económicas para dar forma a la acción climática, según ha informado la Universidad de Waterloo.
Los modelos climáticos suelen asumir que las personas son agentes económicos racionales que siempre actúan en su propio beneficio. Según Chris Bauch profesor de matemáticas aplicadas en la Universidad de Waterloo, el modelo reconoce que las personas también están influenciadas por normas sociales, que pueden ir desde consumir más carne de res o elegir botellas de agua reutilizables. Estos comportamientos pueden afectar significativamente la mitigación del cambio climático.
El sistema está parametrizado con datos con datos geofísicos, económicos y de encuestas socias que describen los valores y comportamientos culturales de cada uno de las cinco zonas. A partir de ahí modela cómo los factores sociales y económicos influyen en los esfuerzos de mitigación, las medidas destinadas a reducir las emisiones, que a su vez repercuten en el calentamiento global.
Uno de los resultados más llamativos del trabajo es que las estrategias que fomentan la acción climática en una región pueden tener el efecto contrario en otros lugares. No hay, por tanto, recetas únicas: el apoyo a la mitigación evoluciona de manera muy variante entre regiones, según los factores socioeconómicos, la vulnerabilidad climática y la retroalimentación de los cambios de temperatura.
El modelo también revela cómo las acciones regionales pueden generar efectos en cadena inesperados: la mitigación en una región, mediada por la dinámica de la temperatura, puede empujar a otras a actuar o a permanecer inactivas, alimentando así las diferencias de opinión sobre el clima entre unas zonas del planeta y otras.
Si Asia intensifica sus esfuerzos de mitigación, el calentamiento global se ralentiza ligeramente, lo que pude reducir la sensación de urgencia en países de la OCDE, como Canadá y Estados Unidos; estos podrían debilitar la presión social para que se tomen medidas contra el cambio climático y generado consecuencias negativas a largo plazo.
El estudio subraya que el aprendizaje y las normas sociales pueden amplificar el sentimiento ya existente sobre la mitigación, con mejores o peores resultados de calentamiento según la región. En los escenarios de altas emisiones, la anomalía máxima de temperatura puede variar en varios grados Celsius, dependiendo de cómo se desarrollen estas interacciones entre regiones.
Existe una retroalimentación constante entre el cambio climático y el comportamiento humano, comprender estas relaciones será fundamental para reducir las emisiones y construir un futuro más sostenible. Es interesante ver que se está analizando, estudiando la parte social, para tratar sobre un tema que nace de las ciencias exactas.

