De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares (ENDUTIH), publicada por el INEGI, en México hay 103.2 millones de personas usuarias de teléfono celular, lo que representa el 84.6% de la población de 6 años y más.
No es de sorprenderse pues, que la mayoría de la gente a nuestro alrededor “viva” a través de una pantalla: desde niños en edad escolar hasta adultos mayores que pasan horas como hipnotizados por el pequeño dispositivo, sin poner atención en lo que ocurre en su entorno, sin conversaciones personales y buscando siempre una perfección inexistente.
Todos los que sean capaces de ver, oír y sostener el aparato entre sus manos y manipularlo con sus dedos ven “la vida” en una pantalla y muchos –afortunadamente no todos– toman decisiones por lo que ven, leen u oyen en sus dispositivos, porque llega un momento en que no distinguen entre lo que es realidad y lo que no lo es.
Los primeros que “sufrimos la invasión” de la tecnología somos los padres de familia, que pagamos caro conceder el deseo de nuestros hijos de tener un teléfono celular. Al momento de ponerlo en sus manos “los perdemos” porque, si no ponemos límites y reglas claras desde el principio, los chamacos no sueltan el aparato para nada. Todo pretenden hacer con una sola mano y viendo a intervalos el objetivo, para no perder detalle de lo que ven en su teléfono.
Parece que el gobierno ya se dio cuenta de lo que eso significa y ya tomó cartas en el asunto: La Secretaría de Educación Pública (SEP) publicó en el Diario Oficial de la Federación (DOF) un acuerdo con el que se restringe el uso de teléfonos celulares y cualquier dispositivo electrónico en las escuelas de educación básica.
El acuerdo, publicado este 22 de septiembre, entrará en vigor el 3 de noviembre y restringe totalmente el uso de teléfonos celulares, dispositivos inteligentes y cualquier equipo electrónico durante toda la jornada escolar, incluyendo el recreo.
Sólo se permitirán si hay una intencionalidad pedagógica previamente programada por los docentes o por motivos de emergencia, salud, discapacidad e inclusión. La medida será revisada cada seis meses por las autoridades educativas para hacer ajustes si es necesario.
En educación media superior y superior se promoverá un uso responsable, ético y pedagógico, adaptado al contexto de cada plantel.
Este es un claro ejemplo de que se norma lo que nunca se pensó que necesitaría reglamentarse, porque hace unos 10 o 15 años, ¿usted imaginaba que el uso de la tecnología sería tan adictivo que tendría que restringirse su uso ¡en las escuelas!?
Además de “apalear” la distracción que significa enfocar la atención en el teléfono, de paso, también centra a los estudiantes en la vida real y se promueve la concentración, en este caso, en el estudio.
De esta manera sólo queda lugar para Don Juan Gallo para vivir una vida tan irreal, pero contada tan bien a mi abuelo que sin teléfono celular de por medio uno se lo puede ir imaginando como si fuera tan cierto como ver el cielo azul de primavera.
Y fue justo en una primavera, de esos lejanos años, que sentados en los bancos de tres patas, de madera de mezquite, que hacía mi abuelo, una noche Don Juan Gallo, saboreando cada sorbo de canela caliente, le contaba a mi abuelo la angustia que pasó porque se la había perdido su burro, animal que representaba para él no sólo una medio de transporte, sino que era también herramienta de trabajo, animal de carga y parte de su patrimonio.
“Disque le digo Pablito, disque le digo”, así empezaba la fantasía, luego del saludo cordial que intercambiaban los dos hombres y de una muy breve charla en la que se ponían al día de las novedades de sus lugares de origen, Don Juan era de Palo Alto, Jalisco y mi abuelo de Villanueva, Zacatecas.
Cada que llegaba a casa de mi abuelo, todos ahí sabían que sería noche de desvelo y divertida ficción que fascinaría a todos en ese momento y nos sigue fascinando, a pesar de que ha pasado más de medio siglo de esas conversaciones. En esta ocasión, el buen hombre narró a mi abuelo que pasó horas de angustia y desesperación porque no hallaba a su burro por ningún lado y tenía que ir a la leña…
“Disque le digo Pablito, ya no jallaba ni onde buscar. Ya había ido pa’l monte, a onde acostumbro ir a la leña y nada, por más que le chiflé y le grité, nomás nada. También jui pa’l río y pa’la presa y nomás nada Pablito, ya no sabía ni qué hacer.
“Así anduve Pablito, dos días y nomás nada. Ya sentía que me daba el soponcio, asina mismo como a las doñitas que nomás azotan dejando azorados a todos, asina mismito sentía que iba yo a azotar.
“El día que lo encontré la verdá ya me había da’o por vencido. Yo dije, me rindo. Y ya estaba echando cuentas de las pérdidas, de cuándo me costará otro burrito y estaba echado a ver que tendría que comprar aunque fuera un tercio de leña, porque ya había perdido mucho tiempo buscando a mi burrito y ya se habían acaba’o los leños en la casa y la Poleca –su esposa– no tendría con qué prender el fogón pa’poner el nixtamal.
“No tardaba en meterse el sol cuando oí rebuznar a mi burrito. Estaba seguro que era mi burrito, conocía rebien el rebuznido.
“Y que le cuento Pablito, paré oreja y voy siguiendo el rebuznido. Se oía relejos, pero a poco usté cree que no lo iba a jallar… ps seguí el ruido que me sacó de la casa hasta el potrero de atrás, el potrerito le decimos por chiquillo, y ahí voy, oigo, que oigo, tropiezo que tropiezo, pero decedido a encontrarlo.
“Ahí, en el potrerito la Poleca había sembra’o unas calabazas de castilla en un rinconcito y unas zanorias, entre unos nopales duraznillos… me jui con cuida’o, parando bien la oreja y ahí voy, ahí voy y ¿qué cree Pablito?, dizque le digo, dizque le digo que cada vez oía más cerca a mi burrito y me jui acercando a onde se oía rebuznar y ¿qué cree? ¡Qué lo jallé!, y ni se imagina onde”, le dijo a mi abuelo con aires de triunfo.
“Ps que le digo Pablito, que luego de casi dos días de no comer, a mi burrito le dio hambre y que empieza morder una calabaza de mi Poleca… y le mordió y mordió y fue tragando mi animalito y poco a poco le fue haciendo un boquete en la calabaza y poco a poco se fue metiendo y, ¡ps ahí estaba Pablito! Adentro de la calabaza. Y yo no lo veía porque el boquete daba pa’l río, y ps desde la casa la calabaza se veía completa…
“Ahí jallé echadito a mi burrito, jarto de tragar tanta calabaza!”.
Y así don Juan Gallo, sin manipular una pantalla, sin distraerse de sus tareas cotidianas ni criticar a ningún prójimo, daba vida a sus coloridas historias sin perderse en un mundo cibernético irreal o… ¿usted cree que sí?

