Zacatecas: 480 años de piedra, plata y oración

El 8 de septiembre de 1546, entre cerros ásperos y promesas de plata, nació una ciudad que no debería haber sobrevivido. Demasiado alta, demasiado seca, demasiado lejos de todo. Y sin embargo, aquí estamos, 480 años después, Zacatecas sigue de pie, labrada en cantera rosa, coronada por La Bufa y sostenida por algo más que sus muros.

Ese algo más tiene nombre y rostro: Nuestra Señora de los Zacatecas. La pequeña imagen que, según la tradición, llegó con los fundadores y que hoy nos mira desde la Catedral. Ante ella han levantado sus oraciones cuantas generaciones caben en cuatro siglos y medio.

Mineros que bajaban al tiro sin saber si volverían, madres que esperaban, migrantes que se despedían. Ante ella rezaron mis abuelos, rezaron mis padres, hemos rezado mis amigos y yo. Cada vela encendida a sus pies es un eslabón de una cadena que nos une con los primeros zacatecanos y con los que aún no nacen. Una ciudad no es sólo su traza ni su historia: es también la suma de lo que su gente le ha pedido al cielo.

Zacatecas fue, durante siglos, una de las ciudades más importantes de América. De sus vetas salió la plata que movió imperios; de su Camino Real de Tierra Adentro, la cultura que sembró el norte de México. Fue escenario de la Toma de Zacatecas en 1914, batalla que decidió el rumbo de la Revolución. En 1993 el mundo reconoció lo que nosotros ya sabíamos: que su centro histórico es Patrimonio de la Humanidad. Ese pasado glorioso nos honra, pero también nos confronta. Porque una ciudad que fue capaz de tanto no puede resignarse a menos.

Tuve el honor de servir a mi ciudad como alcalde. Puedo decir, con la mano en el corazón, que no hay responsabilidad que pese más ni privilegio que honre tanto que gobernar la tierra donde uno nació. Desde ese encargo aprendí que el poder sólo se justifica cuando se traduce en resultados para la gente: en la calle que se pavimenta, en la lámpara que se enciende, en la familia que recupera la tranquilidad. Lo demás es discurso. Y también aprendí que a Zacatecas no la levantan los gobiernos solos, la levanta su gente, cuando encuentra autoridades que le cumplen y no que le administran la esperanza.

Seamos honestos en este aniversario. Zacatecas enfrenta desafíos que ninguna feria puede tapar, la inseguridad que ha lastimado a tantas familias y ahuyentado inversión; la migración de nuestros jóvenes, que se llevan su talento porque aquí no encuentran oportunidad; una economía que sigue esperando la diversificación que se promete en cada sexenio y llega en ninguno; el agua que escasea mientras se pospone lo urgente; un patrimonio que exige más que fotografías oficiales.

Celebrar 480 años sin nombrar estas deudas sería traicionar a la ciudad que decimos amar. La verdadera lealtad a Zacatecas no está en los aplausos, está en exigir y en trabajar para que las cosas cambien.

Y sin embargo, tengo esperanza. La tengo porque una ciudad que sobrevivió al agotamiento de sus minas, a guerras, epidemias y olvidos, tiene en su esencia la palabra resistencia. La tengo porque veo a jóvenes que se quedan y emprenden, a artistas que llenan sus callejones de música, a familias que siguen apostando por echar raíz en esta tierra alta.

Pero la esperanza no basta si no se organiza. A Zacatecas le urge un proyecto de ciudad y de estado que esté a la altura de su historia, con seguridad como prioridad innegociable, con empleo digno que retenga a nuestra gente, con gobiernos que rindan cuentas de frente y no de espaldas.

Que estos 480 años no sean sólo motivo de orgullo por lo que fuimos, sino compromiso con lo que podemos ser. Que nuestra Señora de los Zacatecas, que ha escuchado las súplicas de tantas generaciones, escuche también la nuestra: un Zacatecas seguro, próspero y justo, donde nuestros niños quieran quedarse y los que se han ido quieran volver.

Felices 480 años, Zacatecas. Que la cantera aguante, y que nosotros estemos a su altura.

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