Luna Nueva: Más remesas, más ausentes

No es desconocido que desde hace unos años, la migración tradicional de mexicanos –principalmente a Estados Unidos– se mezcló con el éxodo de poblaciones enteras que dejaron sus lugares de origen, desplazadas por el crimen organizado.

De una década para atrás, al menos en Zacatecas, casi todos teníamos un familiar, pariente o amigo que se había ido al norte, por gusto o tradición, para ganar los dólares suficientes para enviar a los que se quedaban aquí para construir un buena casa, comprar una camioneta y un tractor y para que vivieran mejor la esposa e hijos o la madre y los hermanos.

Ellos, los migrantes, con su trabajo colaboraron para construir el México que hoy conocemos, aunque paradójicamente tuvieron que irse de su terruño para poder mejorarlo.

Lo hicieron mandando constantemente parte de sus ingresos y luego, participando en los programas Peso por Peso –que nació en 1987 a iniciativa del entonces gobernador de Zacatecas Genaro Borrego (PRI 1986-1992)– con el que el Gobierno del Estado aportaba un peso por cada peso que los migrantes donaban para cualquier tipo de obra; luego se convirtió en el 3×1 en 2002, con la participación de la Federación.

De esta manera, en 1990 llegaron a la República mil 972 millones de dólares, cuando se calcula que había 350 mil 276 zacatecanos en Estados Unidos –según estimaciones de instituciones oficiales de México–, de los 4.3 millones de migrantes nacidos en México que vivían en EU –de acuerdo con el censo de población de ese país–.

Esta cifra ha ido creciendo paulatina y sostenidamente al paso de los años, hasta llegar en 2025 a 62.471 millones de dólares según Banco de México (Banxico), cuando, según el Consejo Nacional de Población (Conapo) había en EU 41.9 millones de personas de origen mexicano en total –incluyendo tanto a nacidos en México como a generaciones descendientes–.

Ya en 2026, sólo en los primeros nueve meses de este año, los ingresos por remesas alcanzaron los 46 mil 773 millones de dólares.

La participación desde el extranjero de los mexicanos y en particular de los zacatecanos en el sostenimiento de la economía mexicana ha sido determinante, a pesar de que a partir de 2019 el Gobierno Federal (con Andrés Manuel López Orador a la cabeza) empezó el desmantelamiento del programa 3×1.

El aumento de las remesas responde en gran medida a que ya no sólo migra la gente del campo, como tradicionalmente se hacía, sino que ante la falta de plazas laborales bien remuneradas y sin prestaciones, también la población urbana empezó a ver como alternativa la migración y se les unen cientos, tal vez miles de desplazados.

Las remesas equivalen al 3.7% del Producto Interno Bruto (PIB), con lo que se equiparan y en algunos casos superan a importantes sectores generadores de riqueza al país; rebasa por ejemplo a la exportación de petróleo (1.5%).

Por sí solas representan un respiro para el país y son el principal sostén para miles de familias y si no, pregunten a Tere, una vieja amiga de la familia que recibe religiosamente, cada semana, dinero de sus cuatro hermanos que viven en EU.

“Los muchachos se fueron buscando a mi apá, para traerlo de regreso, pero lo hallaron con otra mujer y otros hijos y ps ya no regresó”, me contó Teresita con una resignación que se notaba no sólo en la voz, sino también en la mirada.

Su padre, don Juan, se había ido años atrás cuando todos eran muy chicos porque aquí no había cómo mantener cinco hijos, a la mujer y a él mismo.

“Decía mi amá que de primero sí mandaba –dinero–, pero fue pasando el tiempo y cada vez se fueron haciendo más escasos los envíos”, lamentó.

Los hermanos de Tere tampoco volvieron “con el pretexto de que aquí no había dónde trabajar pa’ mantener a mi amá, se quedaron allá”; el compromiso, explicó la mujer, “era mandar lo suficiente para que no le faltara nada a mi amá, ni a mí, que me dejaron pa’ cuidarla”.

Tere jamás se casó por cuidar a doña Elena, que falleció hace 13 años, tras una larga convalecencia.

“Los muchachos enviaron siempre pa’ ella y pa’ mí, y cuando estuvo en el hospital, para todos los gastos y las medicinas, pero mi amá no la libró”.

Como Tere ya es grande y nunca trabajó fuera de su casa, sus hermanos se hacen cargo de ella desde “el norte”, con lo que le envían cada semana, ella come, viste, calza, se cura cuando enferma y construyó “su casita”.

Otra historia, aunque diferente, que converge con la de Tere y la de miles de mexicanos, es la de Luis y Socorro; ellos tenían casa y unas hectáreas en un punto de Jerez, del que piden no especificar más. Un día, junto con todos los pobladores de ese lugar, dejaron todo lo que les había costado años construir.

“Nos fuimos con lo puesto, muertos de miedo y sin saber a dónde ir”, recuerdan.

Narran que llegaron a Guadalupe con unos compadres y para poder colaborar con los gastos y hacerse de algunos pesos para sus gastos personales, vendían comida, pero luego de un tiempo “brincaron” la frontera norte.

“Desde acá mandamos lo que podemos para ayudar a los que se quedaron allá. De pronto sí se viene la tristeza y las ganas de regresar, pero la neta, tenemos miedo. Lo que teníamos, ps ya se perdió…”.

Sean de migrantes –como los hermanos de Tere– o de desplazados –como Luis y Socorro–, las remesas llegan al país a resolver la vida de miles de mexicanos y a inyectar “vida” a la economía de México.

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