Luna Nueva: Viaje en el tiempo

Hace unos días iba en mi auto en uno de esos momentos que llamo contacto directo con Dios porque mi mente se aleja de todo el ruido mundano y voy sola y mi pensamiento, cuando de pronto caí en la cuenta de que ya soy muy mayor, como dice mi hijo menor para no decirme viejita.

Regularmente uno va por la vida sin darse cuenta conscientemente de cómo vive, de lo que ha caminado en esta senda llamada vida, de cuánta gente ha llegado o se ha ido de nuestro entorno, de lo que hemos logrado o lo que hemos hecho para tener éxito, de cuánto hemos amado y de lo que tenemos en este momento que nos hace felices.

Casi siempre predominan los recuerdos de los momentos amargos, de los fracasos, de cuando alguien nos ofendió o de lo que no tenemos, aunque no nos haga falta.

En el trayecto tan corto de Guadalupe a Zacatecas –aproximadamente 5 kilómetros para los que nunca han hecho ese recorrido– pasó gran parte de mi vida, cual si fuera una película, por mi mente.

Me di cuenta de que efectivamente ya soy muy mayor, pues ya tengo historias que contar, algo que cuando tenía 23 no alcanzaba a ver y eso lo supe cuando mi querida Tanya, mi comadre, amiga y cómplice en muchos momentos de mi vida –buenos, malos y muy malos–, me preguntó qué era de mi vida cuando tenía 23 años, en ese momento no supe qué decir. Lo único que alcancé a ver es que para entonces ya era mamá y ya había trabajado en dos periódicos…

Tal vez por eso es que mi interior me obligó a dar ese viaje en el tiempo y ver lo grandiosa que ha sido mi vida, ahora justo cuando cumplo 53 años –este jueves–.

He sido testigo de muchos acontecimientos históricos que ocurrieron a la vista de todo el mundo, pero que no todos los han registrado en sus historias de vida, como la caída del Muro de Berlín, la disolución de la Unión Soviética, el nacimiento del internet.

Ser editora de noticias internacionales me puso en primera fila para enterarme de conflictos bélicos como la Guerra del Golfo, la invasión de Estados Unidos a Irak y recientemente la invasión de Rusia a Ucrania, vi –por TV, obvio– la caída de las Torres Gemelas y el éxodo de Sudamérica al norte.

En México fui testigo del inicio de la alternancia política, de la cruenta lucha contra el narco y de las Desaparecidas de Juárez, de la sequía que casi aniquila al campo y el cambio del panorama urbano con la demolición de lo que fue la central camionera, situada en lo que hoy es la Plaza Bicentenario, entre otras tantas cosas…

Sobreviví a la gripe aviar, a la influeza –casi no la cuento– y al Covid.

Disfruté la música de los 80 del siglo pasado, crecí cantando las de José José, Napoleón, José Luis Rodíguez, El Puma, y Roberto Carlos –aunque ya sé que no sé cantar, por eso escribo–, pero igual me deleito todavía con las canciones que a mi madre le gustan, las de Las Jilguerillas, Chelo, Los Tigres del Norte, Antonio Aguilar o El Charro Avitia, por ejemplo. Y las de mi padre Alberto Vázquez, Angélica María, Javier Solís, Los Dandys, Los Panchos…

Me peiné con el copete parado, con sacos amplios con hombreras o blusones largos, con pantalones strech con cierre en el tobillo y minifaldas de mezclilla…

He tejido mil historias con amistades entrañables, como mis amigos de la escuela –que somos prácticamente los mismos desde primaria hasta prepa y nos hacemos llamar Pingüis– con notables periodistas y otros profesionistas exitosos, pero igual tengo entrañables amistades dueñas de conocimiento y sabiduría envidiable aunque no ostentan títulos universitarios.

He tenido grandes éxitos, aunque en su momento no supe de ese éxito y no los disfruté como ahora creo que debí hacerlo, como cuando le di forma en mi mente, fundé y dirigí algunos exitosos periódicos o cuando gané dos premios periodísticos; hace apenas unos meses que me di cuenta que Dios me regaló un don: escribir.

Y no digo porque tengo el privilegio de escribir cosas que luego se publican y probablemente alguien las lea, sino porque sé juntar dos letras, dos sílabas, igual que muchos, pero que no saben que tienen en sus manos un gran tesoro.

He amado intensamente, con mi mente, mi corazón, mi carne y mis huesos… aunque no siempre le he dado mi amor a la persona indicada, pero ¿qué más da? Amé, me di y me brillaron los ojos sólo al mencionar su nombre.

También he tenido estrepitosas caídas de desamor, abandono, he estado deprimida, sin un peso, sin trabajo, he llorado la partida de buenos amigos y de otros que no lo eran, pero que sus partidas dolieron…

Como casi todo lo grandioso de la vida, lo que merece la pena pues, descubrí la fe en el lugar más insospechado de la mano de una curandera-bruja-astróloga-psicóloga-maga-amiga, todo junto sin importar el orden de los sustantivos porque como buena trasmutadora, ella los convertía en verbo, porque era acción pura.

Con ella descubrí que la fe es una, sin importar cómo le llames a esa gran energía que está en todo –Dios, Padre, Universo, Divinidad, Yo Soy, Yahvéh, Jeová, Alá, etc.–, cada quien lo ve, lo siente y vive como le haga bien. Sigo siendo católica, pero hago decretos, rezo salmos, medito, oro, rezo el rosario, voy a misa y a veces lloro conmovida.

Tengo una familia maravillosa que me ha enseñado y dado tanto en la vida: mis padres que han dado todo por mi hermano y por mí y ni qué decir de mis hijos. Algo muy bueno debí hacer en mi otra vida que Dios me premió con mis cuatro retoños amorosos y buenos seres humanos.

Hay tantas cosas qué agradecer y es tan corto el espacio. Y ustedes… ¿han volteado atrás a ver la huella que han dejado a su paso? Háganlo, descubrirán tantas cosas que difícilmente podrán borrar una sonrisa de su rosto, al menos por ese día.

2 comentarios en “Luna Nueva: Viaje en el tiempo”

  1. Me jacto de tener un espacio en esas memorias tuyas: de muy buenos momentos, otros no tanto; de risa hasta las lágrimas y de lágrimas de dolor físico y del alma. De compartir memorias históricas y de ser parte de la tuya propia, como lo eres de la mía. He ahí la herencia, el legado, en amistades como esta. Sigue explotando el don de la escritura porque, en efecto, el canto no se te da mucho, pero aún así, me gusta escucharte y te hago coros. ¡Abrazo!

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