Contaminación espacial y la misión espacial Artemis II

Hace algunos días la Misión Espacial Artemis II regresó de su órbita récord alrededor de la luna, amerizó en el océano Pacífico, lo que generó una gran expectativa sobre las novedades que encontraron. En el camino, uno de los temas polémicos fue que a su regreso encontraron una franja en la atmósfera superior repleta de chatarra, llamando la atención de los especialistas.

Estudios realizados por las Naciones Unidas señalan que tenemos aproximadamente 130 millones de fragmentos de desechos orbitando la tierra, desde restos de satélites hasta naves espaciales abandonadas enteras. Algunos se desplazan alrededor del planeta a velocidades de 15 Km por segundo, diez veces la rapidez de una bala.

La presencia humana en el espacio exterior ha generado residuos, lo que se podría llamar contaminación relacionada con el espacio. Eso nos lleva a preguntar si los cohetes contaminan.

Cada lanzamiento de un cohete libera hollín, partículas de aluminio, compuestos químicos y gases en la atmósfera. Estas emisiones pueden influir en la química atmosférica, aumentar la contaminación del aire y dañar la capa de ozono.

Pero no sólo los lanzamientos generan un fuerte golpe ambiental, cuando las naves espaciales reingresan a la atmósfera, dejan tras de sí una estela de química de óxidos y metales. Estos contaminantes pueden agotar el ozono y afectar potencialmente la cantidad de luz solar que se refleja de vuelta al espacio, según la información de las Naciones Unidad, una producción conjunta con el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente y la Oficina de las Naciones Unidas para Asuntos del Espacio Ultraterrestre.

La chatarra espacial es peligrosa, ya que existe una nube creciente de escombros que se está formando alrededor de nuestro planeta, con viejos satélites y fragmentos producto de coaliciones que se están acumulando, lo que aumenta el riesgo de impactos que a su vez generan aún más desechos espaciales. Si estos objetos permanecen en el espacio, pueden chocar con satélites activos de los que dependemos. Si sobreviven al reingreso, pueden caer de nuevo a la Tierra, lo que supone riesgos para comunidades y ecosistemas en la superficie.

Estas grandes constelaciones de satélites y escombros orbitales también están haciendo que el cielo nocturno sea más brillante y ruidoso, lo que interfiere con la astronomía y con nuestra capacidad de estudiar el universo.

Para reducir la huella ambiental de las actividades espaciales es necesario cerrar las brechas de conocimiento, se requiere más investigación para comprender todo el impacto ambiental de las actividades espaciales humanas sobre la atmósfera, el clima, los ecosistemas y las personas.

En segundo lugar, es fundamental mejorar el monitoreo y el intercambio de datos. Contar con mejores datos, específicamente sobre las emisiones durante despegues y reingresos, ayudar a monitorear los riesgos, predecir los impactos y fortalecer las respuestas.

En tercer lugar, las naves espaciales deben ser diseñadas de manera que se reduzcan su impacto ambiental a lo largo de todo su ciclo de vida, esto incluye construir naves que puedan evitar coaliciones, desorbitar de forma segura y operar con combustibles más limpios. Por último, es esencial una cooperación internacional más sólida, Gobiernos, agendas espaciales, empresas privadas y la comunidad científica deben trabajar conjuntamente para establecer y aplicar normas mundiales de sostenibilidad antes de que los desafíos se agraven.

Por lo anterior, surge el concepto de Sostenibilidad Espacial, que se refiere al uso del espacio exterior de una manera que proteja tanto el propio espacio como el medio ambiente de la tierra a largo plazo, en esencia significa tratar el espacio como un entorno compartico que debe seguir siendo seguro y utilizable por las futuras generaciones.

Esto implica minimizar nuestros desechos, reducir nuestras emisiones, proteger los cielos oscuros y silenciosos de la contaminación lumínica, usar los recursos de forma eficiente, garantizar el reingreso seguro de las naves espaciales y mantener un acceso equitativo al espacio.

Los acuerdos internacionales, como el Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre, establecen principios amplios, entre ellos el de evitar la contaminación dañina. El Comité de las Naciones Unidas para el Uso del Espacio Ultraterrestre elabora directrices para actividades espaciales sostenibles, mientras que los gobiernos nacionales regulan los lanzamientos, las operaciones de satélites y los sistemas de licencias.

Las empresas y agencias son responsables de diseñar y operar tecnologías que reduzcan los daños al medio ambiente, también son importantes organismos como la Unión Internacional de Telecomunicaciones, que gestiona las órbitas de los satélites y las frecuencias de radio, mientras que la Organización Marítima Internacional está examinando los impactos sobre los océanos, sin embargo, todavía no existe un marco ambiental mundial integral para el espacio.

A medida que las actividades espaciales afectan cada vez más a la atmósfera, océanos, ecosistemas y comunidades, las Naciones Unidas están interviniendo para ayudar a cerrar estas brechas. El PNUMA y la UNOOSA trabajan conjuntamente para comprender mejor los riesgos ambientales, reforzar la base de evidencia científica y garantizar que las consideraciones ambientales y la gobernanza del espacio avancen de la mano.

Lo que ocurre en el espacio ya no está separado de lo que sucede en la Tierra, pero con una cooperación y una acción mundial sólida, los países pueden mantener esta frontera libre de una crisis ambiental.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *