Hace unos ayeres, cuando tenía 15 años y no me importaba el mundo más que mi entorno más cercano y cantaba ¡Ay qué pesado!, de Mecano o Persiana Americana de Soda Stereo, me vestía con prendas voluminosas de colores brillantes y peinados muy elaborados, veía como algo muy, muy lejano el terrorismo.
Para mí –en ese tiempo–, era una imagen en el viejo televisor de mi casa en el noticiero nocturno, 24 Horas, en el que se mencionaban los coches bomba que la organización independentista ETA detonaba en España … España, un lugar que mi mente de adolescente sólo relacionaba con las clases de Historia y lo ubicaba en un sitio muy lejano.
Para mí, en los años 80, el terrorismo era “un reporte” del bloque de noticias internacionales, algo muy lejano que no nos afectaba en nada porque ocurría en otro continente.
Sin embargo, los estallidos brincaron “el charco” y fueron noticia en América, con los coches bomba que usó Pablo Escobar, primero en la guerra contra otros cárteles y luego para doblegar al gobierno colombiano para evitar la política de extradición.
Ni en España ni en Colombia fue sólo un auto el que explotó, ni fueron sólo heridos los que se reportaron, sino que cobraron la vida de decenas, tal vez centenas de personas inocentes y ajenas a los pleitos, rencillas, guerras o ideales de los perpetradores de los ataques que además, dejaron una cantidad que no creo que haya sido cuantificada en daños materiales en la vía pública, edificios gubernamentales o publicos y en propiedad privada.
El terrorismo se iba acercando…
El año pasado, ya aquí, en Zacatecas, explotó un auto en la zona conurbada Guadalupe-Zacatecas, en un bar. Entonces, la autoridad, como lo ha hecho los últimos cinco años en el estado, minimizó el hecho y contó una historia apenas creíble, pero que pasó por cierta. Ese mayo de 2025, por fortuna, sólo se reportaron daños materiales.
Ya en 2024 se había registrado una explosión en Zacatecas, en pleno cierre de la Fenaza durante el concierto Prófugos del Anexo, en el que participaron Julión Álvarez y Alfredo Olivas. Esta vez, además de los daños materiales, se reportaron 19 heridos ¡con esquirlas!
En esta ocasión se dijo que había explotado el tanque de gas de un puesto de elotes o tamales –¡qué más da!–, aunque inmediatamente después del estallido, el estadio y sus alrededores se llenaron de todo tipo de uniformados de los tres niveles de gobierno. El concierto se alargó para mantener a la multitud controlada dentro del estadio y luego se evacuó el inmueble por una sola puerta. Mucho trabajo para la explosión de un pequeño tanque de gas.
Ahora, apenas hace unos días, el domingo 30 de agosto, estalló un coche bomba en la comandancia de policía de Ojocaliente. No fue un atentado. Fue el ataque de un auto que explotó, dañó la comandancia y decenas de viviendas circunvecinas y que dejó, según fuentes oficiales, al menos 10 heridos.
La comandancia de Ojocaliente no es la única que ha estado en la mira de grupos criminales. El 5 de marzo de este año, la Dirección de Seguridad Pública de Luis Moya también fue flanco de un ataque con explosivos, aunque las autoridades evitaron dar detalles, en el pueblo es secreto a voces que fue un coche bomba el que explotó, dañó el edificio y dejó tres policías heridos y algunas viviendas muy averiadas.
Aunque pudiera parecer, no son hechos aislados. Los casos que menciono no son todos los que han ocurrido en Zacatecas, ni en este año ni el los últimos dos al menos…, hay muchos más que completan el rompecabezas que parece que el gobierno no quiere ver; lo que pasa es que tenemos corta memoria y poca atención, pero al menos son los más mediáticos en los que se involucró un vehículo y explosivos.
Al parecer, el ataque en Ojocaliente, hasta ahora, es el más “aparatoso”, pues aunque aparentemente no se perdieron vidas, los estropicios causados al menos en 55 casas de seis manzanas según diversas fuentes lo hacen “muy notable”.
Y como si faltara algo, la autoridad llega tarde, hasta que en medios de comunicación formales y en redes sociales circuló el reclamo de la ciudadanía: “esperábamos a Protección Civil para evaluar daños, a la autoridad, pero nadie llegó…”, reclamó una mujer.
Y luego las justificaciones, absurdas, por supuesto, de que el ataque es en respuesta “porque el gobierno hace bien su trabajo para la pacificación”. Que se recibó el estado en deplorables condiciones de seguridad, que la herencia maldita… El estado que guardaba Zacatecas no era desconocido para nadie, pero aún así “lo pelearon” por las buenas y por las malas.
Los ataques no son sólo contra los policías municipales, la primera autoridad ante el ciudadano. Los ataques son dirigidos al gobierno y van subiendo de tono. Son actos terroristas, ¿qué son si no, si son en un auto, con explosivos y detonados a distancia?
¿Cómo se llama eso? Además de buscar la atención del gobierno, el ataque busca provocar miedo entre la población para “dejar claro quién controla el territorio”.
Lo peor es que lo están logrando y no sólo entre los ciudadanos afectados directamente, sino entre los miles de paisanos que al ver noticias, tendenciosas o serias y precisas, videos y post en redes sociales, imaginan que Zacatecas es una zona de guerra donde corren ríos de sangre y hay “un matón” atrás de cada poste.

