Luna Nueva: La abundancia en el año de Hidalgo

Tengo un amigo que, como Chavela Vargas, afirma, sostiene y presume que los mexicanos nacen donde les da la gana, pues aunque él nació en Costa Rica –igual que la famosa cantante–, viste con orgullo el traje charro y con sentimiento e inspiración canta con un vozarrón privilegiado El Rey; México Lindo y Querido; Volver, Volver; Cucurrucucú Paloma; Fallaste Corazón o ¡Ay, Jalisco no te Rajes!, con singular gusto y deleite que nadie descubriría que no nació en este gran país.

Sé de él porque conoció y se enamoró de una mexicana –hija de una gran amiga y comadre además– y allá en su tierra, en la lejana Costa Rica, es el mejor embajador de la cultura popular del país azteca, porque se siente y se vive mexicano.

El amor de este joven por México no es de extrañar, porque México es un país grandioso y generoso que da a manos llenas a casi todos –no puedo fingir que no hay miseria en algunas zonas–, y justo por eso, muchos, sobre todos quienes debieran servir a su gente, se sirven de él, sin mesura, sin vergüenza, sin escrúpulos y con saña y en la actualidad –como si fuera moda– con crueldad y violencia.

Hasta donde tengo memoria, nunca como hoy vemos un día sí y otro también, crímenes y atrocidades por todos lados, escándalos en los que están inmiscuidos o se investigan políticos del partido gobernante o se les relaciona con criminales y nunca como hoy habíamos visto que desde el Gobierno se defienda lo indefendible, se niegue lo que todo mundo ve y se compren simpatías con descaro.

Tampoco nunca como hoy he visto que tanta gente está en las calles vendiendo lo que puede para sobrevivir porque, a pesar de que las cifras oficiales dicen que vivimos con las mejores condiciones para que los mexicanos tengamos una vida del primer mundo, en realidad no es verdad.

Es decir no estamos en “época de vacas gordas” como nos lo han vendido desde el Gobierno, aunque la mayoría sí lo cree porque recibe becas sin mover un dedo para merecerlas y porque los políticos en el poder amasan grandes fortunas que nunca hubieran siquiera imaginado de no haber llegado al gobierno.

En Zacatecas estamos en el año de Hidalgo… y además de no dejar “algo” en las arcas estatales… los coyotes ya empiezan a moverse para vender plazas a incautos que pagan de 5 mil pesos en adelante para asegurarse un empleo, al menos los próximos seis años. ¡Ya se están repartiendo las foráneas!

Para abundancia y prosperidad en la casa de Don Juan Gallo. Verán: Según cuentan, por ahí a mediados o finales de los años 50 del siglo pasado escasearon los alimentos en la región, hubo incluso quien perdió la vida por esa circunstancia; sin embargo, en casa de Don Juan “ni se sintió el hambre”.

Una mañana, según contó Don Juan a mi abuelo, se levantó antes de que despuntara el sol, como siempre, para irse al barbecho y le pidió un café a la Poleca –su esposa–, ella le ofreció un té de hojas de naranjo, como alternativa.

“Tenía buenas intenciones la Poleca, Pablito. La pobre no jallaba cómo decirme que no había azúcar, porque sabía que el café sin azúcar no me pasa y pos no quería priocuparme, porque según ella no había, Pablito. No había ni en la casa ni en la tienda y ni con qué comprar. Jue un año malo. No llovió y ya iban muchos años sin agua.

“Dizque le digo Pablito, munchos la pasaban mal. ¡Pobre gente!

“La Poleca se acordaba que jui juntando poco a poco cosillas, acarriando de aquí y de ahí que la carnita seca, que’l máiz, que jui añejando el quesito… ya me las golía Pablito, con tanta sequía.

“Y dizque le digo, que de un derrepente, casi, casi sin darme cuenta, llené un cuartito de provisión, Pablito, hasta que no hubo espacio ni pa’lazúcar y pos ya no la metí ahí y pos seguro que la Poleca jue a buscar y pos no la jalló”.

–Y sí era cierto hija –me dijo mi abuelo– a Don Juan no le gustaba el café sin azúcar, ¡le echaba tres cucharas copeteadas!

“Y pos bueno, le malicié que me ofrecía té de naranjo pa’ no darme café y que le digo: ‘ay Polequita, Polequita, tú dame el café.

“¡A mi Poleca se le olvidó onde apilé la’zúcar, así que agarré el café y que me salgo de la cocina, con muncho cuidadito Pablito, porque el jarro iba bien llenito. Asina llegué al corral y me recargué en la cerca y que saco mi navaja pa’ rasparle a la cerca.

“Ps que le cuento, Pablito, que le cuento… como no tenía onde guardar tanta’zucar, pos quité las piedras de la cerca y cerqué con pilones de azúcar, ¡una ventaja le tenía qué sacar a la falta di agua!”.

Y así, sin tanta alharaca ni tanta robadera ni tanto aspaviento y sin dar por sentado que las historias de Don Juan hayan sido ciertas –tampoco digo que no–, me queda claro que todos, políticos y no, podemos imaginar lo que queramos y creer que es cierto, la diferencia entre unos y otro es que unos dañan a un gran país y el otro ni de la gente hablaba y –por lo menos en mi familia– el buen hombre tiene un lugar que se ganó por sí mismo en nuestra historia y la de muchos que lo conocieron.

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