Además de albergar las fiestas patrias, septiembre enmarca los informes de gobierno del Poder Ejecutivo, desde el Federal y estatal hasta el de los municipios; en Zacatecas así es históricamente y aunque han cambiado el formato, las palabras, los protocolos y los que pueden asistir a la ceremonia –entre otras cosas–, básicamente es lo mismo desde hace años: El mandatario en turno lee ante una audiencia –ahora seleccionada cuidadosamente y de un sólo partido– parte del informe que entrega al Poder Legislativo, en el que debería dar cuenta precisa del estado que guarda la la administración.
Y es donde oímos –o leemos– lo que para el gobernante en turno es lo más destacado del último año de su gestión, lo que considera sus logros y sus avances.
Casi siempre –por no decir siempre, al menos en el actual régimen–, muestran un balance extraordinariamente positivo, halagador y sobre todo muy prometedor, un cuento de hadas podríamos decir, en el que por decreto desaparece la pobreza, se abate la inseguridad, se borran las deudas públicas y se sientan “históricos” precedentes para que los mexicanos –y en el caso específico del estado, los zacatecanos–, tengamos una vida de primer mundo en el que podemos vivir con holgura financiera, con servicios públicos de primera y con todo dispuesto para “despegar” con todas las facilidades posibles y protección que puede otorgar el estado.
Un cuento de hadas, insisto, en el que la ciudadanía es favorecida en todos los sentidos.
En mi rancho, a cuentos como estos suele decírseles charras; la diferencia entre una charra del rancho y los informes de gobierno, es que la excesiva y mentirosa verborrea de nuestros gobernantes se entrega por escrito a “otra autoridad” del Gobierno Republicano y la del rancho circula sólo como “dichos” de alguien.
Es inútil ya mencionar todo lo que “informaron” la presidenta Claudia Sheinbaum y el gobernador David Monreal, todos lo sabemos por su excesiva divulgación en medios masivos de información y en redes sociales, que se resume en lo ya dicho: un estado próspero, en paz y con oportunidades inmejorables para que la ciudadanía progrese: falacia pura –en otra oportunidad podríamos detallar dichos informes–.
Para charras, mejor les contaré otras más divertidas y desconocidas, que no perjudican a nadie, aunque Don Juan Gallo afirmaba que todas son ciertas, “verdá de Dios”, decía, besando la cruz.
Don Juan Gallo era uno de los tantos compadres de mi abuelo materno Pablo; ambos compartieron tiempo y espacio desde mediados de la década de los años 50 del siglo pasado en Villanueva.
Compartían el pan y la sal en casa de mi abuelo, donde –me decía él mismo y cuentan los que aún sobreviven– se amanecían platicando sus aventuras por el mundo conocido para ellos, sus hazañas y sus anhelos, en charlas fantásticas que han quedado para la posteridad, al menos entre mi familia y que ahora las pondré por escrito por primera vez.
Aunque son muchas, contaré a partir de este artículo las más representativas y fantásticas que recuerdo, como la hidratación instantánea de los perros, el viaje aéreo de “las cotuchas”, el burro perdido y hallado en la calabaza y la cerca de azúcar en tiempos de hambre.
El hombre llegaba casi siempre cayendo la noche a beber un jarro de canela con café Legal al calor del fogón donde horas antes mi abuela había torteado, cocinado, cocido los frijoles y a esa hora había puesto el nixtamal para las tortillas del día siguiente.
Cuando había, acompañaban el café con galletas “abetunadas” o de animalitos, con gorditas de horno, o ya “de perdido” con una gorda gruesa picada con manteca y chile colorado.
En tiempos de calor se sentaban en el patio con los mismos aperitivos, aunque a veces cambiaban según la hora que llegaba.
Con voz un tanto chillona Don Juan Gallo se refería con cariño a mi abuelo como Pablito y mantenía su atención desde que empezaba su amena charla, diría yo casi colorida por el excesivo detalle, en la que la verdad y la ficción eran al principio casi indistinguibles hasta que poco a poco ganaba terreno la fantasía…
“… nooo Pablito. Qué le cuento, qué le cuento. ¡Ya hallé a mis perritos! Esos que perdí el año pasado cuando iba a la leña. ¿Se acuerda que le platiqué que se me perdieron?”.
“No, Don Juan. No sabía que se le habían pedido los perros”.
“Sí, acuérdese que le conté”… así inicia la historia más irreal que haya leído como cierta…
Resulta que un año atrás Don Juan Gallo fue a la leña rumbo al potrero y lo seguían sus perros, tres, que eran sus inseparables compañeros, de pronto, según contó: “me salió un lión, Pablito, y patas pa’que las quiero, que corro, pero antes les dije a mis perritos, muy entendidos, ¿se acuerda qué entendidos son, Pablito?, atajen al lión, y que lo rodean, Pablito, lo rodearon pa’ darme chanza de salvarme y corrí y corrí y ya no supe nada.
“Hice mis tercios de leña, los eché al burro y me regresé por otro camino, tuve qué rodiar, Pablito, de menso le busco la jeta al lión…como mis perritos no me alcanzaron ni llegaron a la casa, pensé que el lión se los había traga’o, sea por Dios…
“Pero qué cree, el otro día volví a ir a la leña pa’l mismo rumbo, ya ni me acordaba del lión. Tenía ya pasadito el año que no iba por ahí. Me jui sin tomar providencias, Pablito, y qué le cuento… cuando pasé por el mezquite que está junto al bordo, ahí merito hallé a mis animalitos…
“Pa salvarme el pellejo, mis perritos le ladraron y ladraron al lión, pero ¿cuándo ha visto que un perro le gane a un lión?, pos no sé en qué momento el lión los arrinconó. Yo creo que se los iba a tragar, pero bien listos mis perritos y se treparon al mezquite.
“Desde arriba le ladraron al lión y el lión tarugo no pudo treparse, pero les estaba rugiendo desde abajo y ps’ se les jue el tiempo y así se quedaron… con estos calorones. Ahi’ta que ora que pasé asina mismo los vi: Mis tres perritos secos arriba el mezquite y el lión abajo con el hocico abierto, también seco…
“Sentí bien feo, Pablito, pobres de mis animalitos. Asina que como pude me trepé al mezquite y bajé los cueros y cuando llegué al bordo los eché al agua y me jui a la leña. Al lión ahí lo dejé que se hiciera polvo…
“Allá anduve todo el día y en la tarde cuando ya estaba en la casa, de pronto oí que ladraban perros y le pregunté a la Poleca –su esposa– ‘¿ps qué trajites perros? Todavía no me contestaba cuando volteé y ví que’ran mis perritos…
“Mire, Pablito con el agüita del bordo revivieron. Verdá de Dios Pablito”, decía Don Juan Gallo besando la cruz, después de tres o cuatro jarros de canela y ya con la luna alta.
Mi abuelo nunca lo contradijo, según me contó, eran verdaderas anécdotas que le hacían imaginar cosas imposibles y… “pos no le hacíamos daño a nadie ni hablábamos de la gente, hija”.
Esta charra es más creíble que la de que Zacatecas está pacificada, o… ¿qué opina?


Muy bonito cuento, no como el cuento de Pepito de David Monreal y Claudia….!!!!
Muchas gracias por compartirme