¿Realmente podemos ser felices en esta época? Tal parece que ser feliz en estos tiempos es una proeza casi titánica; tenemos todo en contra: una sociedad de alto consumo que nos deja poco tiempo o casi nada para atendernos con verdadero respeto y el bombardeo constante de noticias, sobre todo de las que no son agradables.
Aunque se pretendan ignorar las malas noticias, estas se multiplican a la velocidad de un click: desventaja de vivir en esta época.
En el tiempo de nuestras abuelas, las noticias tardaban en llegar y no todas llegaban. Muchos acontecimientos “morían” en el lugar de los hechos –dirían los policías–, porque no se consideraban importantes o trascendentes y se disolvían en el tiempo.
Hoy día nuestras cabezas “son bombardeadas” con miles, tal vez millones de noticias en una semana, desde temas trascendentes y reales hasta los más insignificantes y los inexistentes, que prácticamente no tenemos tiempo para el discernimiento, porque pasamos de una a otra en un scrolleo –deslizar el contenido de una pantalla (texto, imágenes, videos o páginas web) hacia arriba, abajo o hacia los lados para ver aquello que no cabe en el área visible–.
Aunque de por sí las buenas noticias se publican poco “porque no venden”, en México éstas son muy escasas, sobre todo en política que un día sí y otro también nos enteramos de una noticia que al día siguiente es superada por otra.
Sólo en los últimos días se conoció que el gobierno, muy a su estilo, pretende sepultar la esperanza de toda una generación que trabajó en la construcción de la grandeza del México del que hoy todavía quedan indicios, para asegurarse una vejez digna al modificar la Modalidad 40 del IMSS, que limitan las aportaciones voluntarias para elevar la pensión, aunque se respetarán los derechos de los derechohabientes que ya están en esa modalidad.
Luego se destapa la cloaca en el Instituto Nacional Electoral (INE), otrora ejemplo mundial de democracia. Fue tal “el cochinero” que se exhibió que esta vez la Presidenta no tuvo cómo encubrir o al menos defender a Taddei.
Luego, apenas se deja de hablar de manifestaciones de trabajadores de salud –para denunciar falta de medicamentos, insumos, prestaciones laborales–, llega el paro de transportistas en 31 estados según la Cámara Nacional de Autotransporte de Carga (Canacar) para denunciar –otra vez– inseguridad, extorsiones –tanto del crimen organizado como del personal que debía garantizar su seguridad–, malas condiciones de las carreteras y presión económica que dificultan sus operaciones diarias.
Y aunque no todos los días “desaparece” gente famosa o influyente cuyas cédulas de búsqueda inunden las redes sociales, todos los días desaparece al menos una persona, a estas alturas ¿quién no conoce a alguien que busca infructuosamente a algún familiar –hijo, padre, esposo, primo– o algún amigo?
Y en el plano internacional, México es tomado como ejemplo de lo que no debe pasar en un país: en Francia, Marine Le Pen, al iniciar su campaña presidencial afirmó: «No dejaremos que Francia caiga en la mexicanización con los cárteles. Erradicaremos sin descanso esas organizaciones criminales considerándolas terroristas».
Y como si fuera poco, además de las famosas “guerras santas” descalificadas recientemente por el mismísimo León XIV, ahora surge la guerra híbrida en la que se conjugan tácticas militares “tradicionales” de guerra con ciberataques, sabotajes a infraestructuras críticas (como cables submarinos y gasoductos), campañas de desinformación para generar caos, erosionar la confianza en las instituciones y polarizar a la sociedad.
Y si esto no fuera suficiente, también los desastres naturales golpean duramente a la humanidad, lo preocupante son los llamados de alerta de varios países a sus habitantes a guardar alimentos no perecederos, agua potable, tener pilas a la mano, radios, medicamentos básicos y tener disponible dinero en efectivo y documentos oficiales, ¿por qué? ¿Viene una guerra o una crisis global, pero… de qué tipo?
Entre los países que han emitido este tipo de alerta figuran Japón, Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania, Finlandia, Noruega, Suecia y Dinamarca…
Y si a todo eso le sumamos las tragedias personales, es deprimente el panorama. Hace mucho tiempo, leí en algún lugar una historia que calza perfecto para ilustrar nuestro tiempo. La historia es esta:
Un hombre vivía bien, con holgura y despreocupación alejado de la ciudad. Tenía un pequeño restaurante cerca de una transitada carretera donde servía una exquisita comida casera y atendía con amabilidad. Era próspero su negocio.
Se levantaba antes de que saliera el sol y se acostaba apenas terminaba sus labores, cansado, con un corazón agradecido y sin temores. Se sentía seguro.
Dedicaba poco tiempo a la televisión, redes o cualquier otro medio masivo de comunicación. No le hacía falta, pues sostenía amenas charlas con sus comensales.
Un día lo visitó su hijo que vivía en la ciudad desde que lo mandó a estudiar. El muchacho iba poco con el padre por la lejanía, aunque tenían buena relación.
Al llegar con su padre se sorprendió de la escasa seguridad: no había rejas ni protección de ningún tipo, no había cámaras de seguridad y no tenía personal que cuidara del establecimiento, entre otras cosas.
También le sorprendieron los precios tan bajos que cobraba por el servicio que daba y empezó el regaño.
“Cómo es posible, papá, que carezcas de todo esto. ¿Acaso no sabes de la inseguridad que priva en el estado? ¿Y cómo es posible que malbarates tu servicio? El costo de la vida es bastante como para que regales lo que tienes”.
Y convenció al padre de levantar bardas, poner rejas, tener vigilancia y, por supuesto, aumentar precios para costear sus nuevas necesidades.
El establecimiento perdió su encanto, se convirtió en uno común, las ventas bajaron y el hombre no volvió a dormir plácidamente por temor a la inseguridad.
No digo que debamos ignorar lo que ocurre en nuestro entorno, la falta de información cuesta caro, pero sería necesario poner menos atención en lo negativo y centrarnos en lo que realmente nos hace felices, sin dañar a terceros.
Si cada individuo sobre la tierra se enfocara en su propia vida, respetara a sus semejantes y al planeta, volteara a ver quién es realmente lejos de títulos y puestos, y descubriera qué le hace feliz, tal vez, e insisto sólo tal vez, habría menos preocupaciones infructuosas, menos corrupción, menos agravios y menos guerras. Nos acercaríamos más a la felicidad. Sólo hace falta que cada quien haga la parte que le corresponde sin trampas.
Y como hoy ya conté una historia, ya no habrá –por hoy–, una de don Juan Gallo.

